Milagros saltó de su asiento y, con dos pequeños y detallados muñecos en las manos, corrió hacia Cereza para ofrecerle uno. —Toma, Cereza, te regalo uno. Me los compró la señorita Ursi allá afuera.
Era un conejito de peluche, con lentejuelas brillantes en las orejas, realmente muy bien hecho.
Cereza pensó en decir que no, pero su mirada se quedó pegada en la carita del conejo. Dudó un par de segundos antes de extender la mano para tomarlo. —Gracias. ¿Por qué viniste con ellos otra vez? —preguntó con voz apagada.
Milagros levantó la barbilla, como si la respuesta fuera obvia. —¿Y qué tiene de malo? Mi mamá jamás vendría a un lugar como este, es muy aburrida. Solo la señorita Ursi me trae a lugares divertidos.
Ese comentario le cayó muy mal a Cereza, haciéndola sentir incómoda. —Tu mamá no es nada aburrida.
Milagros rio con sarcasmo y resopló. —Hablas como si la conocieras mucho. Yo sé perfectamente cómo es mi mamá, no necesito que tú me lo digas.
Cereza apretó con fuerza el conejito de peluche, lista para responderle, cuando sintió que una mano le tiraba suavemente del brazo.
Giró la cabeza y se encontró con la mirada serena pero autoritaria de Sebastián. Cereza se tragó las palabras que estaba a punto de soltar y se limitó a mirar a su papá con el ceño fruncido.
En ese momento, Alberto también notó la situación. Se levantó y se acercó con la sonrisa profesional típica de los eventos de negocios, extendiéndole la mano a Sebastián. —Presidente Ríos, ¿también vino a disfrutar del concierto?
Sebastián se puso de pie, le estrechó la mano y sonrió con cortesía. —Traje a mi hija.
Alberto bajó la mirada hacia Cereza y la saludó con un tono amigable. —Hola, Cereza, ¿cómo estás?
A Cereza no le agradaba nada ese hombre. Recordaba perfectamente quién era y lo que le había hecho a Zulema.

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