—Zuly.
Las lágrimas no paraban de brotar.
A Zulema se le encogió el corazón. La abrazó con fuerza, envolviéndola por completo en sus brazos. —Cereza, ¿qué haces aquí solita? ¿Dónde está tu papá?
Sebastián no era el tipo de hombre que dejaría a su hija sola sin supervisión. Si Cereza había llegado hasta un lugar tan apartado, solo había una explicación: había sufrido una injusticia enorme y había huido.
Comenzó a acariciarle la espalda con suavidad, calmándola poco a poco. Cuando el llanto de la niña se hizo más silencioso, la guio para sentarse juntas en un escalón. Zulema se quitó su abrigo y lo usó como cojín para que Cereza no se sentara directamente en el piso frío.
Cereza seguía sollozando, con los ojitos rojos e hinchados y la nariz rojita. Sus pestañas estaban empapadas y pegadas entre sí. Se veía absolutamente vulnerable.
En todo el tiempo que llevaba de conocerla, Zulema jamás la había visto así. Cereza siempre era una niña sonriente, alegre y llena de luz. Verla con esa carita destrozada le partía el alma.
La acercó de nuevo a su pecho y le palmeó la espalda con ternura. —¿Qué pasó, mi niña? Cuéntaselo a Zuly, aquí estoy contigo.
Cereza levantó el rostro, con la boquita torcida en un puchero. —Zuly, mi papá me gritó.
Zulema se quedó helada. ¿Sebastián le había gritado?
Rápidamente le preguntó en voz baja: —¿Qué fue lo que pasó? Cuéntame, por favor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir