Cereza giró la cabeza, mirándolo con evidente confusión. —Papá, Zuly está aquí, puedo entrar con ella.
Sebastián mantenía una ligera sonrisa en los labios mientras le hacía una seña con la mano. Sí, estaba sonriendo, pero en sus ojos no había el más mínimo margen para negociar.
Cereza sabía muy bien que cuando su papá ponía esa expresión, la discusión había terminado.
Hizo un puchero, miró a Zulema una vez más y, de muy mala gana, soltó su mano para regresar al lado de Sebastián.
Él tomó la mano de su hija y levantó la mirada hacia Zulema y Felipe, usando un tono educado pero distante. —Señorita Nieto, doctor Felipe, entraré con Cereza primero.
Dicho esto, asintió levemente y, sin esperar respuesta, se dio la vuelta para dirigirse a la entrada.
Felipe se quedó desconcertado por un momento y frunció el ceño. —¿Qué le pasa al presidente Ríos? ¿No te había pedido antes que le ayudaras a cuidar a Cereza?
Zulema sonrió con suavidad y apartó la mirada, manteniendo la calma. —No es nada, vamos a entrar.
No quiso dar más explicaciones. Los pensamientos de un empresario tan exitoso siempre eran indescifrables para los demás, y ella no quería malgastar energía intentando adivinarlos.
Al ver su reacción, Felipe no hizo más preguntas. Pasaron la revisión de boletos y buscaron sus asientos según la numeración.
Por otro lado, Cereza caminaba de la mano de Sebastián por el pasillo. Los candelabros de cristal en el techo hacían brillar el piso de mármol.
La niña levantó la vista hacia el perfil de su padre y, finalmente, no pudo contener la pregunta: —Papá, ¿por qué no dejaste que me quedara con Zuly? ¿No te cae bien?
Sebastián no detuvo su paso. Bajó la mirada para observarla, con un destello imperceptible en los ojos.
En lugar de responder directamente, le devolvió la pregunta: —¿A ti te agrada mucho? ¿Por qué? ¿Puedes decirle a papá el motivo?

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