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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 913

—Ya que tú no puedes decidir, lo haré yo por ti. Tarde o temprano tendrás que renunciar a la familia Jara o a la familia Gómez. Lo de Ximena… fui yo quien le tendió la trampa. ¿No es mejor que se quede aquí para siempre? Así, tu esposa nunca se enterará de que todo lo que le pasó al Grupo Jara tuvo que ver contigo. No lo olvides: lo que hizo Ximena no solo representa a la familia Huerta, también te representa a ti…

—¿Crees que seguiría contigo si supiera que te acercaste a ella solo para vengarte de la familia Jara?

—He vivido más de treinta años en Tierra Dorada, y hay un dicho: no hay secreto que el tiempo no revele. Solo los muertos guardan secretos para siempre.

—¿Qué se siente herir a tu propia esposa por una insignificante?

—Cuando alguien en una posición de poder se deja llevar por los sentimientos, debe entender que la persona que despierta su compasión es su debilidad.

—Y si quieres arrancarte esa única debilidad, solo queda eliminar a la familia Jara, incluyéndola a ella…

—Solo tienes que filtrar el rumor de que, en su día, Fernández Jara forzó la extracción del corazón de una persona inocente para conseguir uno compatible para su hija. No importa si es verdad o mentira. Ni siquiera tendrías que mover un dedo; toda la familia Jara se desmoronaría sola, y nadie sospecharía de ti.

—Su corazón no te pertenece, así que ¿para qué… te empeñas en conseguirlo? Con tenerla a tu lado… es suficiente.

—Piensa bien qué es lo que… ¡realmente quieres!

Saúl cambió de tema y añadió con un aire de falso pesar:

—Aunque es una lástima. Me quedé con las ganas de brindar en la cena de tu propuesta de matrimonio. —Dicho esto, se levantó del sofá y se fue a su habitación.

Rafaela intentó escapar por una ventana del segundo piso, pero los guardaespaldas la interceptaron.

Una de las empleadas que bajaba las escaleras lo vio y se apresuró a informar con voz sumisa:

—La señora se encerró en su habitación. No deja de gritar que quiere volver a Tierra Dorada.

—Y dijo que… si no la dejan irse, no va a salir y se va a dejar morir de hambre en el cuarto.

En realidad, no necesitaba morir de hambre. Con solo pensar en todo lo malo que había pasado, Rafaela tenía suficiente para morirse de coraje.

Liberto subió las escaleras. Se detuvo frente a la puerta cerrada de la habitación y, tras un momento de vacilación con la mano en el pomo, finalmente lo giró y entró con paso firme. Rafaela, vestida con un largo vestido negro de punto y con su cabello ligeramente ondulado cayéndole por la espalda hasta la cintura, estaba descalza frente al ventanal, observando cómo el paisaje exterior se oscurecía…

—Estar enojada todo el tiempo no es bueno para tu corazón.

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