—¿A quién?
—A Macarena.
—Ella se fue. Mi hermano la echó. Creo que no quiere al bebé, nunca lo ha cargado. Que se quedara en Casa Delicias del Sol fue idea de la bisabuela y los demás.
Rafaela sintió que su teléfono vibraba y vio un mensaje de Alonso Cruz: "Vuelvo enseguida."
Rafaela lo leyó y guardó el teléfono.
—Ve a descansar, yo me quedaré a cuidarlo. Tu hermano llegará pronto.
Maritza dijo con preocupación:
—No te preocupes. Mejor duerme tú, Rafaela. Tienes problemas del corazón, mi hermano dijo que no puedes desvelarte. Me quedaré aquí sentada y no me moveré.
—Yo estoy bien, el doctor dijo que he mejorado mucho. Te haré compañía —insistió Rafaela.
Rafaela tomó un libro al azar de la habitación y se puso a leer. No supo cuánto tiempo pasó hasta que notó una luz brillante del exterior. Al levantar la vista hacia Maritza, vio que se había quedado dormida apoyada en la cama.
Fue hasta que escuchó unos pasos familiares fuera de la habitación que vio llegar a Alonso Cruz a altas horas.
Rafaela dejó el libro y se puso de pie. Cruzaron miradas y se acercaron a la cama.
—El bebé está bien. Maritza lo cuidó toda la noche y acaba de dormirse.
—Siento las molestias —dijo él.
—No es nada.
Alonso Cruz levantó a Maritza con cuidado y la llevó a la sala de descanso contigua. Maritza se despertó ligeramente y, al ver a alguien familiar, pensó que estaba soñando. Murmuró medio dormida:
—Hermano, no fue mi intención que se enfermara.
Alonso solo la miró, sin asomo de reproche en sus ojos.
Cuando él volvió a entrar, Rafaela le sirvió un vaso de agua y se lo ofreció.
—Bueno, al fin y al cabo, el niño es inocente. Todo el mundo... tiene que hacerse responsable de sus errores. Liberto Padilla lo es, y tú también. Hay cosas de las que no puedes escapar, es mejor resolver lo que tienes enfrente primero y pensar en el futuro después.
—¿No crees que tengo razón?
A un lado, Fermín sudaba frío. Seguramente, solo esta señorita se atrevería a hablarle así al Alcalde Cruz.
Pareció que Alonso cedió ante sus palabras, pues su ceño se relajó.
Fermín salió a comprar leche de fórmula y algo de ropa de cambio para el bebé.
Quién iba a pensar que el niño, que hasta entonces había estado tranquilo, empezaría a llorar a mares. Alonso preparó el biberón, mientras Rafaela sostenía al bebé para alimentarlo. Curiosamente, el niño lloraba cuando cualquier otro lo cargaba, pero con Rafaela se calmaba de inmediato.
—¡Ay, pero qué cosita tan preciosa eres! —dijo Rafaela, riendo y jugando con el bebé.
Las dos manitas agarraban el biberón con fuerza, tomando grandes sorbos de leche, tanta que un poco se le escurría por la comisura. Rafaela le limpió la boquita con un pañuelo de papel. Al rozar sus mejillas, las sintió tan suaves y tersas como el pétalo de una flor.
—Préstamelo para llevármelo a casa unos días.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...