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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1063

Vanessa estaba lívida de ira, con el rostro contraído y mirándola fijamente con tal fiereza que casi la atravesaba.

—¡Rafaela! ¡Eres una insolente! —gritó furiosa.

—¡Fuera! —ordenó Liberto.

—Me habla sin ningún respeto y tú, siendo su esposo, dejas que me humille en tu cara. ¡¿Acaso la vas a seguir protegiendo?! —A Vanessa le temblaban las manos de la rabia, y la forma en que miraba a Rafaela parecía a punto de escupir fuego.

Antes de que Rafaela pudiera decirle que se largara, Vanessa de pronto se llevó la mano al pecho y, con una expresión de dolor, se desmayó.

—¡Sra. Vanessa, Sra. Vanessa...!

—¡Que venga un doctor rápido!

Penélope gritaba desesperada. Afortunadamente estaban en el hospital, y Vanessa fue llevada de urgencias rápidamente. Para cuando la enfermera regresó con una nueva taza de agua de azúcar mascabado, Rafaela, de pésimo humor, se puso de pie y salió.

—¡Qué mala suerte!

Al salir del hospital, Rafaela se sentó en el asiento del copiloto.

—Te lo dije desde el principio, no quería venir al hospital y tú me obligaste. Sabía que nada bueno pasaría si veníamos.

—No entiendo... ¡cómo es que nos las encontramos en todas partes!

—¡Qué fastidio!

Liberto se inclinó y le abrochó el cinturón de seguridad.

—Lo siento, fue mi error. La próxima vez iremos a otro hospital.

—¿Y de qué sirve cambiar de hospital? Aunque vayamos a otro, si ya nos tienen en la mira, seguro buscarán cómo aparecerse frente a ti todo el día.

—Liberto, seguro es la primera vez que lidia con la señorita cuando está en sus días. En estas situaciones, suele estar de muy mal humor. Déjela sola un rato; para las cuatro o cinco de la tarde bajará por su cuenta. Tiene el cuerpo débil y está en una situación delicada, pero ella sabe cómo regularse. Seguro se dormirá un rato y cuando despierte se sentirá mejor.

—De acuerdo, lo entiendo.

Rafaela, sentada en la cama, escuchó vagamente las voces de afuera. Miró la puerta sin decir nada y siguió leyendo su libro en la cama.

A pesar de que el día estaba despejado y soleado, el mundo de Rafaela parecía cubierto de nubes negras, tan sombrío que no dejaba pasar ni un rayo de luz. Su mirada se desvió por accidente hacia la esfera de cristal en la mesita de noche, y se quedó paralizada un momento... Ella recordaba haberla guardado.

¿Por qué estaba ahí?

Como si estuviera embrujada, extendió la mano, la tomó y encendió el interruptor de la base. Vio que la esfera de cristal de hace más de diez años aún funcionaba. Las luces y los patrones dentro de la esfera se proyectaban girando en el techo blanco...

Ese era el juguete de menos valor de toda su vida, pero irónicamente, el que mejor había conservado.

Rafaela se perdió en sus pensamientos por un momento. Para cuando volvió en sí, la corta melodía de dos minutos ya había terminado.

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