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¡UPS! ¡EL GIGOLÓ DE UNA NOCHE FUE EL AMIGO DE MI PAPÁ! romance Capítulo 4

Capítulo 04: Seda, humedad y pecado.

—Ya comprobará usted misma el tamaño, señorita… —susurró él a su oído, con un tono que le erizó la piel. Mientras ella sentía la calidez de su mano subiendo por su pantorrilla— y le aseguro que jamás olvidará el placer que le daré esta noche.

—Es… —las palabras de Adeline quedaron en el aire cuando él la silenció de un beso.

Ella se sorprendió por un instante, abriendo sus ojos de par en par… el beso se volvió profundo casi de inmediato. Sin siquiera esfuerzo, él dominó el ritmo… y ella cerró los ojos, dejándose llevar por la cálida, suave y deliciosa sensación.

Sus lenguas se entrelazaron, sus respiraciones rozando sus rostros.

Su mano se deslizó hábilmente bajo su vestido, sacándole las pantimedias negras. El pecho de Adeline subía y bajaba con un vaivén provocativo, aún recuperándose del beso.

De repente, él se detuvo, los labios de ella se entreabrieron. Él bajó la mirada hacia el muslo izquierdo de Adeline, justo en un hermoso lunar turquesa con forma pequeña de nube.

Fue solo un instante… uno que parecía eterno.

Adeline frunció el ceño ligeramente con disgusto, pero acarició el rostro del hombre con sus manos y lo besó de nuevo.

El hombre recuperó la compostura y se pegó a ella, firme y dominante.

Sus labios rozaron el cuello de ella, mientras su mano derecha, áspera, comenzaba a recorrer las curvas, subiendo por su muslo hacia su cadera, desviándose peligrosamente al centro.

Adeline se arqueó sobre la cama, apretando sus labios para no soltar sonidos vergonzosos, pero era casi malditamente imposible ante la sensación ardiente de la droga que le recorría todo el cuerpo, nublando su juicio.

—Señor gigoló… tócame más… rápido~ —gimió ella, casi con desesperación, rasgándose la falda con las manos, con los pechos a punto de desbordarse..

Adeline soltó un pequeño sonido involuntario al sentir esos largos dedos masculinos recorriendo con firmeza el triángulo entre sus muslos, presionando en movimientos intensos, yendo exactamente a ese pequeño “botón” que más la encendía.

—¡Sí, ahí…! —gimió ella ante la irresistible sensación, sintiendo cómo su intimidad se humedecía con cada roce de esos dedos masculinos. Arqueó sus caderas hacia él, con un movimiento de desesperación, como si la ropa interior la estuviera quemando.

Ella misma llevó sus manos a los bordes, tratando de quitarse la prenda íntima, pero el hombre la sujetó firmemente de las muñecas.

—Te ayudaré.

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