Ese hombre se quedó inmóvil, gélido, bajó lentamente su mirada azul profunda hacia los carnosos labios rojizos de Adeline, brillantes como un par de cerezas en caramelo que pedían una lamida.
El aroma a alcohol en ella era bastante fuerte. Él volvió a clavar su mirada en la de ella.
“Qué extraño… esta pequeña descarada… no me causa una sensación de asco"
Pensó él.
“Normalmente no soporto que las personas extrañas me pongan un asqueroso dedo encima…”
Tras ese frívolo pensamiento, sus manos apretaron alrededor de las muñecas de ella…
Y la alejó.
Adeline arqueó una ceja de inmediato. Ella se quedó congelada, ofendida por el rechazo inmediato del atractivo “gigoló”.
Ella se cruzó de brazos y soltó una carcajada entre su ebriedad y la sustancia en su cuerpo que la hacía perder el control.
—¿Te crees mucho? ¿Crees que no tengo suficiente dinero para pagarte? ¡Tengo! ¡También yo trabajo en este club, señor! —exclamó Adeline con el ceño fruncido.
Él se quedó un instante observándola.
¡Era claro que ella estaba fuera de sí!
—No tengo tiempo para chicas desesperadas y borrachas. Agradecería que se aleje de mí y no me vuelva a tocar, “señorita” —sacó el hombre un pañuelo de seda negra, sacudiendo las solapas del traje… justo donde Adeline se aferró.
Tal gesto… ¡La dejó anonadada!
¿Qué se creía ese hombre?
De inmediato a la sensación ardiente en el cuerpo de ella, se le sumó peligrosamente su orgullo herido.
Adeline avanzó de nuevo… eliminó la distancia que los separaba una vez más, y se aferró nuevamente a él, quitándole en un rápido movimiento el pañuelo… metiéndolo entre sus pechos lentamente.
Él observó el movimiento… su mirada directamente en el escote de ella, justo en el centro.
Y con un susurro… Adeline continuó:
—Oh, ya sé por qué está tan frustrado, señor. ¿A usted también lo echaron de la habitación? ¿No, señor gigoló?~
Un brillo más sombrío y peligroso cruzó la mirada del hombre.
Mientras Adeline bajaba ahora sus ojos en dirección al pantalón negro de él, justo en el sector de la cremallera.
Él notó esa mirada de ella, ladeando levemente la cabeza, sin perder detalle en lo que hacía esa mujer audaz.
—¿Tu “amiguito” ahí abajo no se paró? —soltó Adeline. Dejando congelado al hombre—. ¿Por eso te echaron?… A mí también me echaron. Son unos malditos engreídos esos ricachones, ¿no crees?
Seguidamente, ella lo soltó, se giró y comenzó a caminar, yéndose en la dirección contraria.
—Espere.


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