—No… Dios… esto es muy poco…. —murmuró Adeline para sí misma.
Sus manos temblorosas contaban los euros que recién había sacado del sobre negro de su pago, sobre que traía el nombre: “Le Club Doré”.
Sentada en una esquina de la barra del bar, dentro de ese Club parisino. Soltó un profundo suspiro.
Volvió a guardar el dinero, tomó la copa que tenía cerca y bebió tragos largos de licor.
—Maldición… a este paso… nos echarán a la calle —la joven de solo dieciocho años, posó sus ojos dorados en el licor, decaída—. ¿Qué pasará con el refugio de animales? ¿Con todos esos perritos y gatitos?
Su preocupación no era para menos.
El refugio de animales era el lugar donde trabajaba, donde vivía, aunque pertenecía a su mejor amiga veterinaria.
Ambas eran un par de huérfanas que buscaban salir adelante con esfuerzo, y ayudar a los animales indefensos.
¡Y ahora todo se derrumbaba frente a sus ojos, llenándola de impotencia!
—¡Adeline!
Una voz familiar hizo que la joven rubia volteara a ver de inmediato.
A la distancia, su mejor amiga, Corinne, se acercaba con una amplia sonrisa. Llevaba el mismo vestido que Adeline: el uniforme de acompañantes del Le Club Doré.
Ese sensual vestido negro ajustado al cuerpo, hecho para resaltar las curvas de una mujer, con un escote V muy pronunciado. Aberturas en ambas piernas exponiendo los muslos en pantimedias negras, con zapatillas del mismo color y de tacón de aguja.



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