Mientras camina hacia la panadería de sus padres, ubicada al lado de su casa, Marina se ajusta la camisa social blanca. Aunque su apariencia transmite confianza, no puede negar que por dentro está nerviosa. Y no es para menos, al fin y al cabo, este día marca el inicio de su carrera.
A pesar de ser hija de padres humildes, estudió con dedicación para no seguir el mismo camino. Se graduó en Derecho y ahora está a punto de comenzar a trabajar en una de las oficinas más reconocidas del país. Aunque aún no es abogada, el cargo de asistente jurídica es un excelente comienzo para su trayectoria.
— Buenos días, papá —saluda Marina al ver a José, que está al otro lado del mostrador reponiendo el pan.
— Buenos días, Mari. Estás preciosa, querida —responde él, admirando lo bien que está vestida—. Siéntate, tu madre ya va a servirte el desayuno.
— Está bien.
Marina se sienta en una de las mesas cercanas a la puerta. Desde allí, puede observar la calle y a los clientes que entran en la panadería. El lugar está lleno, y una fila comienza a formarse frente al mostrador. Normalmente, ella ayudaría a sus padres a esa hora, pero hoy no puede arriesgarse a ensuciar su ropa.
Daniela, su madre, se acerca con un vaso de jugo y una coxinha de pollo.
— Aquí tienes, Mari —dice ella, dándole un beso cariñoso en la frente—. Come bien y vete pronto, o perderás el autobús.
— Está bien, mamá —responde Marina, dando un mordisco al salgado.
Mientras su madre regresa a atender a los clientes, Marina mira por la ventana y ve un coche lujoso detenerse frente a la panadería. Sus ojos brillan. No es ningún secreto que Marina tiene grandes ambiciones, y poseer un coche como ese es uno de sus sueños.
Del coche baja un hombre alto y bien vestido, con una expresión impaciente. Al entrar en la panadería, recorre rápidamente el lugar con la mirada, hasta que, por un instante, sus ojos oscuros se cruzan con los ojos azules de Marina, que lo observa con curiosidad. Ella nunca ha visto a ese hombre por allí.
Ignorando a Marina, el hombre se acerca al mostrador y, con impaciencia, ordena:
— ¡Oiga, usted! —llama en tono brusco—. Quiero un refresco y un trozo de tarta para llevar, ¡rápido! ¡No tengo todo el día!
Daniela, siempre amable, mantiene la calma. Está acostumbrada a tratar con clientes groseros de vez en cuando, pero ese hombre es diferente; su arrogancia parece casi intocable.
— Un momento, señor, estamos atendiendo a otro cliente —responde ella con una sonrisa educada.
El hombre resopla con impaciencia y golpea con fuerza el mostrador, haciendo un estruendo que llama la atención de todos.
— ¡Dije que tengo prisa! —vocifera, con la voz resonando en el pequeño local—. Deberían aprender a atender más rápido en vez de quedarse charlando.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un jefe irritante e irresistible