Cuando llega a casa, Marina se lanza sobre la cama y comienza a repasar mentalmente todo lo que ocurrió en su primer día de trabajo. Aunque sentía que podía adaptarse muy bien a ese entorno, la inquietaba la posibilidad de cruzarse nuevamente con Víctor. Sabía que, aunque no trabajara directamente con él, sus interacciones serían inevitables. Se acordó de que Katrina le dijo algunas cosas más sobre Víctor antes de terminar la jornada.
«Él tiene una forma de manipularte sin que te des cuenta. Te pone a prueba, se hace el superior y, cuando encuentra una grieta, te envuelve. Si no tienes cuidado, acabarás jugando su juego… y créeme, nadie gana ese juego. Él es demasiado experimentado.»
Un suave golpeteo en la puerta la saca de sus pensamientos. Rápidamente, Marina se levanta y va a la puerta, donde se encuentra con su madre.
— Buenas noches, mi amor. ¿Cómo fue tu primer día de trabajo? — pregunta Daniela, con una sonrisa cansada pero cariñosa.
— Fue bueno. Posiblemente, pronto me acostumbre al ambiente.
— Qué bien. De corazón espero que te vaya muy bien allá y que no tengas que trabajar hasta tan tarde como nosotros — dice Daniela, con un dejo de preocupación.
Daniela y su esposo se levantan a las cuatro de la mañana y solo cierran la panadería alrededor de las nueve de la noche. La primera meta de Marina es estabilizarse para poder sacar a sus padres de esa rutina agotadora.
— Prometo que voy a sacarlos de esta vida, mamá — afirma Marina, abrazándola con ternura.
— No pienses tanto en nosotros, hija. Ya estamos acostumbrados. Si esta vida dura no se repite contigo, ya estaremos felices — responde Daniela con una sonrisa serena.
— Mejor váyase a descansar. Yo me encargo de la casa hoy — sugiere Marina.
— Está bien, mi amor. Gracias.
Al ver a su madre alejarse por el pasillo, Marina se recoge el cabello en un moño y baja las escaleras para empezar a ordenar la casa, aliviando un poco la carga de trabajo de su madre. Empieza por la cocina y, cuando termina, recoge la basura y la lleva afuera. Al regresar, ve a Sávio pedaleando su bicicleta.
— Buenas noches, Marina. ¿Cómo fue tu día? — pregunta él, deteniéndose a su lado con una sonrisa amable.
— Fue bueno. Estoy decidida a hacerlo bien en ese lugar.
— Solo no te esfuerces demasiado, ¿sí? Es inútil matarse por un trabajo que puede reemplazarte en cualquier momento — aconseja Sávio, con tono preocupado.
— Claro que me voy a esforzar, Sávio. Tengo metas en la vida y no puedo darme el lujo de quedarme cómoda.
— A veces pareces demasiado ambiciosa, Marina — comenta, sorprendido por la determinación que ve en sus ojos.
— No es pecado querer dar lo mejor para cambiar de vida — declara Marina, acercándose a él. — Y creo que tú también deberías pensar lo mismo, o vas a quedarte en esta monotonía para siempre.
— Me gusta mi vida — responde Sávio con una sonrisa. — Tengo salud, una familia unida y un trabajo que me hace feliz.
Marina suspira, frustrada, al notar que él no entiende lo que ella quiere decir.
— Si eso te basta, está bien — dice ella, levantando las manos en señal de rendición. — Pero un día vas a lamentar no haber conquistado más.
— Lo que es para mí, Marina, me va a encontrar en el momento justo — responde él, con una calma que la irrita aún más.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un jefe irritante e irresistible