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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 93

De pronto, vio acercarse a la niñera de Camilito. Con voz temblorosa, la mujer le susurró que no podía encontrar al niño. Tras hacer un par de preguntas, Hanna ató cabos: Rocío, aprovechando que Luciano estaba cerca, se había puesto a jugar con el niño y luego habían desaparecido.

Hanna no se inmutó.

—Si no lo encuentras, déjalo —respondió con indiferencia.

—Pero señora... —titubeó la niñera—. Hoy es el gran banquete de ochenta años de Don Ricardo. Camilito es el primer hijo del heredero de la familia Larios. Doña Úrsula va a preguntar por él, querrá que se siente a su lado. ¿Qué le voy a decir?

Hanna le hizo un gesto para que se retirara. Justo cuando estaba a punto de tomar asiento, vio entrar a Rocío llevando a Camilito de la mano.

El niño se aferraba con fuerza a la mano de Rocío, caminando de puntillas para no quedarse atrás de los largos pasos de la mujer, pero con una sonrisa enorme de orgullo y felicidad en el rostro.

Hanna intercambió una mirada con la niñera, como diciéndole: *'Ahí está tu niño'*.

Sin embargo, lo que nadie esperaba fue lo que sucedió en el siguiente segundo. La voz infantil y resonante de Camilito resonó en todo el salón:

—¡Mamá!

Don Ricardo, que estaba charlando amenamente con un viejo amigo a su lado, endureció el rostro al instante.

Todos los parientes sabían que Camilito era el niño que Luciano y Hanna habían adoptado. Si iba a llamar mamá a alguien, tenía que ser a Hanna. ¿Por qué demonios le estaba diciendo mamá a esa mujer que acababa de entrar?

Las siguientes palabras de Rocío dejaron a todo el salón en un silencio sepulcral.

—Abuelo, feliz cumpleaños número ochenta. Le traje a su verdadero bisnieto para que lo felicite. Seguro no lo sabía, pero Camilito, en realidad, es el hijo biológico de Lucho y mío.

Rocío sonrió con una arrogancia desmedida, ignorando por completo los murmullos escandalizados que estallaron en el comedor.

Luciano, que estaba atendiendo la mesa de los tíos mayores, se quedó congelado. Sintió cómo la sangre abandonaba su rostro. Al otro lado de la mesa, su propio padre, Humberto Larios —con quien tenía una relación prácticamente nula—, lo miraba con un escrutinio cargado de burla.

Era una mirada que decía: *'Mírate, al final eres exactamente la misma escoria que yo'*.

Luciano detestaba esa mirada con toda su alma.

El rostro de Don Ricardo, por su parte, se volvió sombrío como una tormenta.

Su voz rasposa y cargada de autoridad cortó el aire.

Ella insistía en que se acostaran, quería consumar lo suyo, pero ese era el único límite que Luciano se negaba a cruzar.

Como Rocío empezó a armar escándalos insoportables, y él, sumado a la presión de sacar a la bolsa un proyecto multimillonario, no podía darle lo que quería en la cama, decidió enviarla de vuelta al extranjero.

Incluso le había pedido a su prima Tatiana que la acompañara para asegurarse de que estuviera bien.

Él creía que eso era más que suficiente. Lo que Luciano no sabía, era que Rocío no tenía la menor intención de irse a estudiar a ningún lado.

Ella quería ser la Señora Larios.

Si lograba casarse con él, toda la fortuna de Luciano sería suya. ¿Por qué conformarse con unas cuantas migajas en el extranjero? Para cuando terminara de estudiar, ya estaría vieja y perdería su encanto. No podía esperar más, y no iba a hacerlo.

Ya que Luciano intentaba despacharla, no le quedó más remedio que apuñalarlo por la espalda y forzar su entrada a la familia.

Don Ricardo había vivido lo suficiente para oler las intenciones de Rocío a kilómetros de distancia. Con lentitud y parsimonia, el anciano levantó su taza de café, le dio un sorbo, la dejó sobre la mesa y llamó a su mayordomo.

—Hazle una prueba de ADN al niño. Quiero confirmar si realmente lleva la sangre de los Larios.

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