Rocío sostenía la mano de Camilito. El niño, que en ese momento parecía haber borrado a Hanna de su memoria, levantó los bracitos hacia Rocío y le hizo un puchero.
—Mamá, abrázame.
Rocío, que en su vida había cargado a un niño y que, francamente, no tenía el menor instinto maternal, se limitó a sonreír de forma tensa sin responderle.
Camilito bajó los brazos, un poco decepcionado. Al ver a Hanna de pie a unos pasos, se giró hacia ella y estiró las manos.
—Tía Hanna, abrázame.
Hacía un tiempo, cuando Camilito tuvo un fuerte dolor de estómago en medio de la noche, fue Hanna quien lo llevó de urgencias al hospital. Estaba tan angustiada que se quedó sentada en las frías sillas de metal de la sala de espera hasta la una y media de la madrugada.
Pero ahora, era evidente que el niño ya había entendido que Hanna no era su madre.
Y el cambio de título de 'mamá' a 'tía' salió de su boca sin la menor duda ni remordimiento.
Los parientes alrededor comenzaron a lanzar miradas cargadas de lástima y morbo hacia Hanna.
Ahí estaba ella, trabajando desde el amanecer como una mula para organizar el magno evento del patriarca de la familia, corriendo de un lado a otro. Y como agradecimiento, la amante de su esposo aparecía de la mano del niño para humillarla y pisotearla públicamente.
Por si fuera poco, la primera reacción de Luciano fue proteger a la amante.
Y el golpe maestro de la tragedia: el niño que Hanna había criado y tenido a su lado, que siempre la había llamado 'mamá', de repente le decía 'tía'.
Luciano miró a Hanna, y por un microsegundo, un destello de culpa asomó en sus ojos.
Nunca quiso que ella fuera humillada frente a tanta gente.
Hanna, por su parte, encontró esa culpa absolutamente ridícula.
No había sentido culpa al hacerlo a sus espaldas, pero ahora que lo descubrían, ¿se sentía mal?
Luciano se giró hacia el anciano.
—Abuelo, no es necesario hacer la prueba de ADN. Lo que dice Rocío es verdad.
Rocío no se esperaba eso. Meses atrás, había hecho que Luciano llevara al niño a un laboratorio para confirmar el parentesco, y el resultado había sido positivo. Como Luciano ya lo había admitido en voz alta, asumió que no pedirían más pruebas. Pero ese viejo terco era de armas tomar. Por suerte, ella había venido preparada.
Con un movimiento disimulado, Rocío sacó un par de cabellos ajenos que traía escondidos entre su propio peinado y se los entregó al mayordomo.
Con esos cabellos, no le temía a ninguna prueba.
Al pensar en su inminente victoria, una sonrisa oscura se dibujó en sus labios.
La familia Larios era uno de los clanes más poderosos del país. Desde que Hanna perdió a su bebé, no había vuelto a quedar embarazada. Rocío estaba convencida de que la patada que le había dado en el vientre años atrás había sido tan precisa que había dejado a esa perra estéril de por vida.
Y llevaba años regodeándose en secreto por eso.
Una familia con semejante imperio jamás permitiría que el heredero se quedara sin descendencia oficial.
Ahora que se presentaba como la madre biológica del primogénito de Luciano, sumado a lo mucho que él la mimaba, Rocío estaba segura de una cosa: en cuanto salieran los resultados, los Larios echarían a patadas a esa gallina infértil de Hanna. Luego la recibirían a ella, una mujer de sociedad que sí estaba a la altura de Luciano.
El mayordomo guardó los cabellos, se acercó a Luciano para recoger la toalla ensangrentada con la que se estaba presionando la frente, y se llevó a Camilito lejos del salón.

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