Hanna apartó la mirada y no hizo el menor esfuerzo por acercarse a recibir a Rocío. Simplemente se dio la media vuelta y entró a una pequeña sala de estar para servirse agua.
Pero, de repente, sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Al girarse, vio que Rocío la había seguido y la estaba observando fijamente.
Había una mezcla de oscuridad y envidia en sus ojos.
Le hervía la sangre de envidia al ver que Hanna podía ostentar el título de Señora Larios y actuar como la futura matriarca de la familia, recibiendo a los invitados con tanta naturalidad.
Hanna la ignoró por completo.
En ese instante, Luciano entró a la sala buscando a Hanna para comentarle algo sobre el evento, pero se topó de frente con Rocío.
El rostro de Luciano cambió sutilmente. Su relación con Rocío había sido investigada a fondo por Don Ricardo cuando este lo estaba considerando como el heredero principal del imperio Larios.
Por esa razón, él le había dejado claro que no quería que asistiera. Pero antes de que pudiera decir una palabra, la voz melosa y delicada de la mujer lo interrumpió.
—Lucho...
Ignorando olímpicamente a Hanna, Rocío le lanzó una mirada llena de desprecio a su rival y, con total descaro, entrelazó su brazo con el de Luciano.
Se aferró a él como si ella fuera la verdadera esposa y Hanna no fuera más que una empleada de servicio de la mansión.
Luciano, consciente de lo inapropiado que era eso en un evento de tal magnitud, se soltó con disimulo y le preguntó en voz baja:
—¿Qué haces aquí?
—Hoy es el cumpleaños del abuelo, ¿cómo iba a faltar? —respondió ella, con una sonrisa inocente.
Rocío no solo seguía fingiendo que Hanna era invisible, sino que miraba a Luciano con unos ojos cargados de devoción.
—Lucho, vine con tu prima Tatiana —añadió, acariciando la manga del saco de él—. De verdad me hizo muy feliz que le pidieras a tu prima que me acompañara a Inglaterra. No tenías que pedirle que me cuidara, hicimos clic de inmediato y nos llevamos de maravilla.
Al escuchar eso, Hanna supo exactamente de quién hablaba.
Tatiana Soler. Era prima hermana de Luciano por el lado materno. De todos los parientes de esa generación, ella era la única con la que Luciano mantenía una relación cercana.
Ese día, Tatiana llevaba puesto un vestido de estampado de leopardo. Siempre le había gustado llamar la atención y, a decir verdad, tenía con qué hacerlo. Medía 1.78 y, con sus tacones de diez centímetros, le sacaba más de media cabeza a casi cualquier mujer del salón.
Hanna, con una indiferencia pasmosa, respondió con lentitud:
—Mhm.
Por muy arrogante que fuera Tatiana, entendió perfectamente que Hanna la estaba ignorando y tratando como si no valiera nada. Enfurecida, empezó a lanzar insultos.
—¡Mírate nada más, dándotelas de señora de sociedad! ¿Ya se te olvidó que no eres más que una igualada? Jamás le llegarás a los talones a Rocío. Ella sí que ama a Lucho de verdad.
Hanna sintió que ya había descansado lo suficiente, así que se puso de pie.
—Tengo que ir al salón principal a ver a Don Ricardo. ¿Vienes?
Antes de que el rostro de Tatiana pudiera registrar el asombro y el miedo a ser reportada, Hanna ya se había dado la vuelta y estaba caminando hacia la puerta. Tatiana se quedó mirando su espalda, incapaz de reaccionar por un buen rato.
Pasó gran parte de la mañana. Hanna estuvo un rato en el salón principal y luego la llamaron para que acompañara a los tíos y parientes lejanos de los Larios hacia el gran comedor interior.
Faltaba poco para que se sirviera el banquete oficial. Los invitados más importantes, junto con Don Ricardo y Doña Úrsula, ya estaban sentados en la mesa de honor. Hanna no había preguntado por Rocío, ni le importaba en lo más mínimo dónde estaba.

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