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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 91

—¿A dónde vas a ir si me dejas? ¿De verdad crees que Javier Navarro es tan bueno? —Luciano la miró con severidad—. Yo, Luciano Larios, soy lo mejor que te ha pasado. Si sigues con esta actitud, te juro que no habrá marcha atrás.

Hanna no tenía la menor intención de mirar atrás.

Empujó a Luciano, harta de discutir con él. Estaba agotada. Se dio la vuelta, abrió la puerta de su habitación y, justo antes de cerrarla, alcanzó a ver la profunda frustración en el rostro de su esposo.

Luciano había reservado toda su ternura para Rocío.

Y a ella, por el simple hecho de darle el título de Señora Larios, creía que debía estarle eternamente agradecida. ¿Cómo se atrevía a preguntarle de qué se quejaba?

Solo por llevar ese anillo, se suponía que debía sacrificar su vida entera, estar a su disposición en la cama, servir a los mayores de la familia, criar al hijo de él, cuidar las emociones de todos en la casa e, incluso, tolerar a Rocío.

Él siempre encontraba una excusa para defender a Rocío, sin importar quién tuviera la razón.

Lo más ridículo de todo era que Luciano sentía que ella debía soportarlo todo con una sonrisa, y si no lo hacía, la tachaba de histérica.

Hasta ese mismo instante, él seguía minimizando el dolor de ella, tratándolo como un mero berrinche.

En el fondo, Hanna no lograba comprender por qué Luciano, si claramente no la amaba, se negaba a dejarla ir.

Si tanto adoraba a Rocío, ¿por qué no le firmaba el divorcio?

De esa forma, cada quien tomaría su camino, nadie interferiría en la vida del otro y él podría casarse con su amada. ¿Acaso no era el escenario ideal para él y Rocío?

Hanna no lo entendía y, francamente, ya no le importaba. Había tomado una decisión: iba a reconstruir su vida y no permitiría que Luciano Larios la consumiera ni un segundo más.

Con ese pensamiento, cerró la puerta de golpe. Estaba tan exhausta que se dio una ducha rápida y cayó rendida en la cama.

Había estado durmiendo profundamente hasta que, de pronto, sintió que le faltaba el aire. Abrió los ojos de golpe.

Era Luciano. La tenía rodeada con sus brazos y atrapada entre sus piernas, durmiendo profundamente a su lado.

Hanna intentó quitárselo de encima, pero el brazo de Luciano pesaba como plomo.

Se quedó con los ojos abiertos en la oscuridad, adaptándose a la penumbra de la habitación.

No tardó en deducir lo que había pasado. Seguramente, Luciano temía que Don Ricardo se enterara de que ya no dormían juntos, así que, esperando a que ella se durmiera, se coló en la habitación para pasar la noche ahí.

Al menos, de esa forma no habría rumores de alcoba que el mayordomo pudiera reportarle al abuelo.

E incluso si el personal de servicio empezaba a murmurar, solo pensarían que Hanna estaba haciendo un drama sin sentido, mientras que Luciano, tan devoto que no podía dormir sin ella, quedaría como el esposo perfecto.

Después del desayuno, los invitados comenzaron a llegar. Ese era el primer día del gran banquete por los ochenta años de Don Ricardo, una celebración que se extendería por siete días continuos. Durante toda la semana, habría recepciones diarias para los invitados que llegaran a presentar sus respetos. Los familiares directos y amigos cercanos de la familia Larios serían ubicados en el salón principal, donde disfrutarían de platillos exclusivos y licores de la más alta reserva.

Para el resto de los invitados y conocidos, se había organizado un espectacular banquete al aire libre en los inmensos jardines. Y no se escatimó en gastos: langosta, caviar y cortes finos de carne eran la norma en cada mesa.

Como Luciano era el heredero del Corporativo Larios, toda la organización del evento recaía sobre sus hombros.

Y como había una cantidad absurda de detalles que coordinar, Hanna comió algo ligero y se puso a trabajar de inmediato.

Sabía que podría simplemente desaparecer y dejar que Don Ricardo destrozara a Luciano por su incompetencia, pero eso no le convenía en este momento. Decidió que lo mejor era sacar adelante esos días tan importantes antes de dar el siguiente paso.

Justo en ese momento, Hanna divisó una silueta conocida.

Era Rocío Luján.

Rocío llevaba un atuendo tan escandaloso y llamativo que parecía que la fiesta era en su honor, y no el cumpleaños de un anciano. Vestía un ajustado vestido largo de color rojo, con un escote palabra de honor casi translúcido, combinado con unos tacones rojos de diseñador. El corte del vestido dejaba tan a la vista sus curvas que las miradas de todos los hombres que pasaban parecían quedarse pegadas a su pecho.

En su brazo colgaba un bolso Hermès de edición limitada, su muñeca lucía un reloj que costaba una fortuna, y su maquillaje estaba hecho a la perfección. Hasta los enormes pendientes de diamantes que llevaba gritaban opulencia.

Hanna la observó de reojo. El hecho de que Rocío se hubiera colgado encima todo lo más caro que poseía solo para esta aparición dejaba algo muy claro: venía dispuesta a armar un escándalo.

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