Hanna llevaba un día entero inconsciente y estaba atrapada en una pesadilla.
Soñaba que corría como cuando era niña, pero de repente descubría que sus piernas se volvían transparentes, hasta que desaparecían por completo.
Una tristeza asfixiante se apoderó de ella.
Incluso dormida, las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos.
Era como si su subconsciente ya supiera el resultado de los exámenes.
Sus piernas eran su mayor tesoro. Aunque no venía de una familia adinerada, nunca se había sentido inferior a nadie; y aunque nunca conoció a sus padres biológicos, tampoco les guardaba rencor, porque al menos le habían dado un cuerpo fuerte y sano.
Tenía unas piernas preciosas, y las adoraba.
*Por favor, no...*
Hanna abrió los ojos e inmediatamente intentó mirarse las piernas. No se habían vuelto transparentes, pero era como si no existieran. No sentía ni la temperatura de las sábanas, ni el tacto, ni un mínimo hormigueo. Absolutamente nada.
Supo en ese instante que las había perdido.
Trató de incorporarse, consumida por el pánico, pero un dolor desgarrador en el pecho la obligó a detenerse. Sintió como si sus pulmones fueran a estallar, cortándole la respiración.
Una sensación de ahogo la hundió, obligándola a quedarse postrada, con los ojos bien abiertos, mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas y de su garganta brotaban sollozos ahogados.
—Mis... mis... piernas...
Julián acababa de llegar y escuchó su llanto desgarrador, acompañado de jadeos que sonaban como si sus pulmones se estuvieran rasgando.
—Trata de calmarte, Hanna. Tienes lesiones en el pecho, respira despacio.
Aunque sus palabras lograron cierto efecto, Hanna temblaba de pies a cabeza por el dolor físico y emocional. Tenía los ojos inyectados en sangre, el rostro bañado en lágrimas y una mirada que reflejaba la pérdida total del alma.
Luciano, que acababa de salir de la sala de curaciones, escuchó los sollozos y entró corriendo a la habitación hasta plantarse al pie de la cama.
Al ver a Julián intentando tranquilizarla y el estado demacrado de su esposa, el rostro de Luciano palideció. Lo consumía la culpa.
Sabía que todo esto era su responsabilidad y, aun así, no tenía la más mínima intención de que Rocío pagara por lo que hizo.
Luciano, negándose a aceptar el rechazo y temiendo que Julián la hubiera puesto en su contra, intentó justificarse.
—Mi amor, no me trates así. Fue un descuido mío con el niño, no supe evitar que pasara esto. Pero te juro que jamás quise que terminaras así. Asumo mi responsabilidad y te compensaré por todo. Por favor, perdóname.
Hanna soltó una voz que sonó como una auténtica maldición.
—Luciano Larios... lo que Rocío Luján, Doña Úrsula y tú me han hecho... te juro que se los devolveré el doble.
Luciano se quedó helado. Sentía como si ya no fuera su esposo, como si ya no fueran familia, sino enemigos a muerte. Jamás la había visto con esa expresión de odio visceral, apretando los dientes.
Sus piernas cedieron y cayó sentado en el suelo de la habitación.
Se agarró la cabeza, invadido por una sensación de fracaso y pánico que nunca antes había experimentado.
Era como si él mismo hubiera perdido las piernas. De pronto, despertó a una realidad que lo dejó aturdido: sentía como si hubiera asesinado con sus propias manos a la única persona que lo amó de verdad en este mundo.
En su vida nunca hubo amor real. Tal como Hanna le había dicho, nadie lo amaba. Su padre lo despreciaba, su madre usaba su rencor hacia Humberto Larios para lastimarlo a él, Rocío solo lo utilizaba, su abuela lo adulaba para asegurar su propio retiro, y a su abuelo solo le importaba el imperio familiar. Y él, que jamás había conocido un afecto sincero, había encontrado el amor más apasionado e incondicional en Hanna.

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