Aunque no había gran diferencia de tamaño entre ambos, Julián había estudiado en el extranjero durante su juventud en un vecindario complicado, por lo que empezó a practicar boxeo en su tiempo libre. Era el único pasatiempo físico de aquel hombre obsesionado con la tecnología.
Luciano sangró por la nariz al instante. Julián lo agarró por el cuello de la camisa, lo levantó a la fuerza y le gritó en la cara.
—¡Eres un animal! ¡Dejaste a Hanna paralítica, maldito infeliz!
Julián tenía contactos en la ciudad. En el camino al hospital, había llamado a un conocido en el departamento de laboratorio y ya estaba al tanto del diagnóstico de Hanna.
El dolor lo había vuelto irracional. Él, que siempre mantenía una actitud serena y jamás usaba la violencia, no dudó en tirar por la borda sus modales al enfrentarse a una bestia como Luciano.
A Luciano le zumbaban los oídos.
Al escuchar los gritos de Julián, finalmente entendió que lo estaba golpeando porque el estado de Hanna era crítico.
Luciano intentó justificarse, abrió la boca, pero no le salió la voz.
¿Cómo iba a defenderse? Sabía perfectamente que la familia Larios jamás permitiría que la verdad saliera a la luz, así que era imposible que Julián supiera lo que realmente había pasado.
Podía mentir y decirle que Hanna se cayó sola, ¿pero acaso Julián le creería?
Luciano no tenía claro hasta qué punto llegaba la confianza entre Hanna y Julián, pero no creía que fuera solo una amistad laboral; estaba seguro de que había algo más entre ellos.
Entonces, ¿Hanna le habría contado de las humillaciones que Rocío le había hecho pasar esos últimos días? ¿Le habría contado sobre la llamada asquerosa que la obligó a escuchar?
Con la ceja abierta, la sangre le escurría hasta el párpado. Luciano parpadeó un par de veces y decidió decir la verdad.
—Fue el niño que Hanna crió, mi hijo ilegítimo. Sin que yo lo supiera, dejó una canica de cristal en las escaleras y le pidió que recogiera su pelota. Ella la pisó y rodó hasta abajo.
Julián ya había hablado de esto con Hanna antes. Conocía el verdadero origen de Camilito, aunque ignoraba el resto de los detalles oscuros.
Al escuchar eso, sintió que se quedaba sin aire. Solo era un niño de cinco años, ¿cómo podía haberlo hecho a propósito? Especialmente contra la mujer que lo crió y actuó como su verdadera madre.
Al ver su actitud patética, la ira de Julián hirvió a tope.
—¿Tú mismo te crees la basura que dices? Te juro que si Hanna no se recupera por completo, sacrificaré todo lo que tengo para destruirte.
Julián soltó a Luciano con desprecio y caminó hacia la habitación de Hanna.
Llevaba una mascarilla de oxígeno. Los médicos le explicaron que sus costillas rotas ya estaban estabilizadas, pero necesitaría soporte de oxígeno por un buen tiempo. Hanna estaba llena de golpes y raspones por todo el cuerpo, y aún no despertaba.
Julián la observó, destrozada en esa cama de hospital. Era imposible imaginar el grado de desesperación y el corazón roto que sintió antes de perder el conocimiento.
Ese matrimonio solo le había traído lágrimas. Y pensar que estaba a un paso de ser libre... Justo en esos días le había escrito por mensaje que el infierno de su matrimonio estaba por terminar y que se dedicaría de lleno al trabajo. Julián se había alegrado de corazón por ella, y ahora, en la víspera de su libertad, había quedado postrada, perdiendo las piernas para siempre.
Julián no tenía la más mínima idea de cómo iba a ayudarla a enfrentar esa pesadilla cuando abriera los ojos.

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