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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 120

Pero ese amor ya no existía.

Siempre creyó que él era quien estaba por encima, quien tenía el control de la relación. Pero se equivocaba: si Hanna pudo darle todo su amor, también podía arrebatárselo. Él no era el dueño de ese amor, Hanna lo era. Y el que estaba desesperado por recibirlo era él. Necesitaba el amor de Hanna más que nada en el mundo, y sabía que jamás encontraría un reemplazo.

Pero darse cuenta de eso ahora... ya era demasiado tarde.

Mientras tanto, del otro lado del mundo.

Rocío maldecía entre dientes mientras se acomodaba en el asiento de primera clase que Luciano le había pagado.

Estaba furiosa porque, después de haberse acostado con ella, Luciano simplemente la había ignorado.

Rocío estaba convencida de que, tras tanto tiempo de sequía, Luciano se habría vuelto adicto al placer de estar con ella. Y aunque sabía que se le pasó un poco la mano con la droga y él estuvo casi inconsciente y ni siquiera "funcionó" del todo, para ella, el sexo era la herramienta perfecta. Estaba segura de que, al despertar y darse cuenta de lo que había pasado, no podría vivir sin ella.

Pero no solo no la buscó, sino que además la bloqueó de todos lados.

Al llegar a su destino, paseó la mirada por los escaparates de lujo, pensando que, si Luciano no quería contestar sus mensajes, entonces tendría que contentarla a base de puro dinero.

Entró directa a una tienda de lujo ultraexclusiva.

Era uno de los diez mejores centros comerciales de diseñador del mundo.

Mientras los extranjeros acomodados elegían qué comprar, Rocío se dirigió altivamente a la boutique de Hermès, caminando entre los exhibidores de madera y cristal impecable, repletos de bolsos exclusivos.

Escogió cinco o seis bolsos valorados en miles de dólares cada uno, como si comprara dulces.

Y aun así, no sentía que fuera suficiente. Planeaba seguir arrasando con las demás tiendas.

Al llegar a la caja, sacó una de las tarjetas adicionales con aires de grandeza y se la entregó a la vendedora.

Pero al pasarla por el lector, la máquina arrojó un aviso de rechazo.

Rocío frunció el ceño con impaciencia.

Intentó con tres tarjetas más. Ninguna pasó.

Desesperada, llamó a Luciano para exigirle que transfiriera el dinero de inmediato, pero la llamada ni siquiera conectaba.

Rocío perdió el control, su rostro se desfiguró de ira y comenzó a gritar como una desquiciada.

—¡¿Cómo se atreve a cortarme las tarjetas?! ¡¿Se cree que soy una sanguijuela que no puede vivir sin él?! ¡Me da asco! Es un puto inútil que ni siquiera puede pagar unos miserables bolsos. ¡Ese Larios es un fracasado de mierda!

Por la manera tan vulgar y agresiva de gritar, los demás clientes la miraron con repulsión, y la seguridad de la tienda la echó a la calle de inmediato.

Al salir del centro comercial, se paró en la acera intentando pedir un taxi. De repente, una sombra inmensa se alzó tras ella.

Antes de que pudiera reaccionar, todo se volvió negro cuando le metieron un saco en la cabeza.

La arrastraron como a un perro muerto por más de un kilómetro. Sus zapatos salieron volando y las rodillas se le llenaron de heridas sangrantes, hasta que finalmente desapareció en la oscuridad de un callejón.

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