Lucía caminó lentamente por el sendero del jardín hacia la piscina. Desde lejos notó el brillo del agua; Alejandro estaba en la zona menos profunda cargando a Béisbol. Antes de llegar, se encontró con Doña Juana, quien lucía bastante desarreglada.
—¿Qué pasó?
Doña Juana se pasó la mano por la cara en señal de derrota y respondió con una sonrisa nerviosa: —Señora, esas dos alpacas tienen un genio terrible. Solo permiten que usted, el señor y el niño les den de comer, con el resto de nosotros se la pasan escupiendo. Yo solo me acerqué con buenas intenciones para darles pasto y me escupieron en toda la cara.
Lucía no pudo evitar sonreír y le indicó con amabilidad: —Vaya rápido a cambiarse. De ahora en adelante, no hace falta que se lo dé en la boca, con dejarles el pasto en el comedero y alejarse un poco es suficiente.
—Sí, sí, así lo haré. No me vuelvo a acercar tanto —asintió Doña Juana riendo, mientras caminaba a paso rápido hacia los cuartos del personal.
Lucía llegó al borde de la piscina. En el agua, Béisbol estaba aferrado al pecho de Alejandro y no lo soltaba por nada; sus gorditas manos sujetaban con fuerza los músculos firmes de los brazos de su papá, clavándole sus uñitas por el miedo y negándose a nadar solo.
Lucía rio y desde la orilla le preguntó: —¿A poco no quiere aprender?
Alejandro recordó algo, y con los ojos llenos de diversión, respondió: —Salió igualito a su mamá.
Como aún había una empleada con la toalla parada a un lado, Lucía sintió que se le caía la cara de vergüenza. Sus mejillas se pintaron de rojo al instante, apretó los labios y replicó: —¿Y quién te dijo a ti que yo era como Béisbol?
Ella sabía perfectamente que, en su juventud, no es que le tuviera pavor al agua. Todo era un pretexto, fingiendo miedo para aferrarse a Alejandro y tener una excusa perfecta para abrazarlo. Béisbol, en cambio, sí le tenía un terror genuino al agua...
Al ver el rostro ruborizado de su esposa, el corazón de Alejandro latió con fuerza, y en sus labios apareció una sonrisa traviesa. —Si dices que no es lo mismo, no lo es.
Le hizo una señal a la empleada que estaba esperando; esta se acercó rápidamente con una toalla grande, blanca, suave y esponjosa.
—Llévate al niño a que lo bañen.
—Oye, que soy su madrina, es mi deber consentir a mi ahijado con sus cosas. —Mónica curvó los ojos y habló con desenfado—. Si no lo consintiera, ¿con qué excusa iba a venir tan seguido a ver a un niño tan hermoso?
—Puedes venir cuando quieras, no tienes que gastar en regalos.
Lucía y Mónica platicaban a gusto sentadas en el sillón de la sala.
Al poco tiempo, una empleada se acercó en silencio y anunció: —Señora, las asesoras de ventas de las marcas han llegado con la nueva colección. Trajeron la ropa y los accesorios de la nueva temporada.
—Ven, anímate a verlos también —le dijo Lucía, dejando pasar al personal.
Varias asesoras, impecablemente vestidas, entraron a la sala portando con cuidado las fundas y elegantes cajas con el logo de la marca, acomodándolas en orden. La asesora principal, con una sonrisa profesional y cálida, se adelantó para explicar: —Señora Zavala, esta es la colección de alta costura, conjuntos de cachemira y vestidos de gala exclusivos para otoño-invierno. También le trajimos unos bolsos y mascadas recién lanzados; apartamos estos diseños limitados de todo el mundo especialmente para usted. Revíselos con calma; lo que no le convenza, nos lo llevamos.

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