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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 616

Lucía se mudó temporalmente a la casa de la familia García.

Doña Juana y Noel también la acompañaron para encargarse de sus cuidados diarios. De la noche a la mañana, con la llegada de guardaespaldas, asistentes y personal de seguridad, la ya de por sí bulliciosa residencia García se llenó aún más de vida.

Julio comentó, mitad en broma y mitad en serio: —Con tanta gente aquí, se van a comer dos costales de arroz diarios.

Esa misma noche, al enterarse de que Alejandro también cenaría con ellos, Doña Juana, Doña Rosa y la nueva cocinera se pusieron manos a la obra en la cocina. Hasta Cristina entró a ayudar con los preparativos.

Cuando la cena estuvo servida, el pequeño Horacito, aferrado a uno de sus juguetes, quiso sentarse junto a su tía. Sin embargo, al ver al imponente hombre que ocupaba el asiento contiguo, el niño se acobardó y no se atrevió a acercarse.

Cristina lo animó con una sonrisa: —Horacito, saluda a tu tío Alejandro...

El pequeño dudó unos segundos antes de murmurar con voz temblorosa: —Tío Alejandro.

Antes de que Alejandro pudiera responder, Lucía le tendió la mano y le pellizcó suavemente una mejilla. —Qué niño tan lindo, ven a sentarte al lado de la tía.

En ese momento, Julio preguntó: —Alejandro, ¿tú prefieres que sea niño o niña?

—Espero que sea niño, aunque una niña inteligente también me haría muy feliz.

De inmediato, Julio acarició la cabeza de su hija, que cenaba tranquila a su lado. —Nuestra Luciana será muy inteligente.

Doña Elena no pudo evitar reír. —Mírate, qué presumido eres.

Después de la cena, Alejandro se sentó a trabajar en la computadora en la habitación de Lucía. Al ver que ella tomaba su pijama, le preguntó: —¿Te vas a bañar ahora? Deja que te ayude; yo me bañaré después, cuando ya vayas a dormir.

—No es necesario, me baño sola —rechazó Lucía.

—En la finca siempre te ayudo yo cuando estoy en casa, ¿no?

Lucía levantó la barbilla y entró al baño con su pijama. —Allí lo hago porque me obligas. Aquí, si quiero, puedo dar un grito y todos vendrán.

A Alejandro no le quedó más remedio que sonreír.

Tomó asiento, intercambió algunos saludos cordiales e instintivamente desvió la mirada hacia la ventana de la habitación de Lucía mientras comentaban sobre su estado reciente.

—La tienes demasiado vigilada —dijo Julio mientras le servía un poco de licor en su vaso, bromeando—. A fin de cuentas, nada supera la tranquilidad del hogar de la familia. La tenías encerrada en esa finca que, por muy grande y lujosa que sea, es fría y no le da paz.

Cristina dio un sorbo a su vaso y apoyó a su esposo: —Nosotros también nos sentaremos a platicar con ella para distraerla, así que no tienes que estar tan tenso todo el tiempo.

Alejandro levantó su vaso: —Entonces, les encargo mucho que cuiden de ella. Probablemente estaré muy ocupado estos días; si notan cualquier cosa, llámenme de inmediato.

—Tranquilo, es mi hermana, claro que la vamos a cuidar —Julio chocó su vaso contra el de él—. Ahora relájate, disfruta el trago y deja de hablar de tu esposa por un rato.

—De acuerdo —Alejandro esbozó una ligera sonrisa y tomó un sorbo.

La conversación fluyó hacia temas de negocios y anécdotas triviales. A Cristina le pareció muy interesante escuchar a Alejandro; sentía que aprendía mucho de su visión empresarial.

Cuando la reunión terminó, Alejandro regresó a la habitación en el segundo piso. Al abrir la puerta, encontró a Lucía recostada de lado sobre unos cojines suaves, con sus largas pestañas cerradas y una respiración tranquila y profunda. Ya estaba profundamente dormida.

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