Hoy era el día programado para la revisión prenatal. Aunque Alejandro tenía una agenda asfixiante, quería hacer un hueco para acompañarla, pero Lucía se negó rotundamente.
Al final, Lucía fue sola a la clínica privada y completó todos los exámenes médicos. Durante el trayecto de regreso, su teléfono sonó puntualmente con una llamada de Alejandro.
Desde el otro lado de la línea, el hombre le preguntó por los resultados.
—Todo está muy bien. Los indicadores están perfectos —respondió Lucía con voz suave.
A su lado, Noel iba apoyada en la ventana. En realidad, todos los reportes médicos ya habían sido enviados al señor Zavala en el mismo instante en que salieron los resultados, pero él seguía insistiendo en escuchar a su esposa decirlo de su propia boca.
La mirada de Noel se desvió accidentalmente hacia la entrada de la Finca de La Luz y se fijó en dos siluetas que llamaban poderosamente la atención.
Un hombre de mediana edad con la ropa desaliñada y, junto a él, una chica joven con los ojos hinchados de tanto llorar.
Lucía también los vio y dejó escapar una pequeña exclamación de sorpresa.
—¿Qué pasa? —preguntó Alejandro al instante.
—Nada, no es nada —se apresuró a decir Lucía antes de colgar el teléfono.
Apenas cortó la llamada, el hombre de mediana edad se abalanzó frente al coche, cayendo de rodillas bruscamente. A través del parabrisas, comenzó a suplicar desesperadamente, inclinándose hacia el asiento trasero donde estaba Lucía.
Lucía se asustó.
Noel se puso en alerta de inmediato. Su mano ya estaba sobre el botón del seguro de la puerta, y le advirtió con voz tensa:—Señora, por favor, no baje del auto.
En lugar de bajar, Lucía bajó la ventanilla y preguntó:—¿Qué sucede? ¿Qué está pasando?
El hombre, que tenía la frente apoyada en el asfalto, levantó un rostro empapado en lágrimas. Ya tenía un feo moretón en la frente. Su voz salió ronca y quebrada:—¡Señora, le ruego que salve a mi familia! Todos los activos del Consorcio Vega han sido comprados de forma hostil. Nos quedamos sin fondos; el legado por el que mi familia trabajó durante generaciones desapareció de la noche a la mañana. Ya ni siquiera tenemos dinero para liquidar a nuestros empleados.
—Sabemos que no tenemos el poder para luchar, y estamos desesperados. Por eso nos atrevimos a interceptarla aquí. Solo le suplicamos que interceda ante el señor Zavala, que nos deje conservar aunque sea una pequeña parte del negocio para no quedar en la calle.
Detrás de él, su hija se aferraba a su ropa, con los ojos inyectados en sangre y el labio inferior temblando. Las lágrimas caían por su rostro sin control.
La chica, que apenas pasaba de los veinte años, llevaba un vestido sencillo. Al ver a su padre con las rodillas golpeando el frío pavimento y suplicando al coche, sus ojos se llenaron aún más de lágrimas, inundados por la humillación, la desesperación y un resentimiento impotente.
—Aunque te arrodilles hasta que anochezca, no vas a lograr que sientan lástima por nosotros.
El corazón de Lucía se estrujó. —Por favor, levántese primero. Estar de rodillas no va a solucionar nada.
Pero el hombre parecía no escucharla. Volvió a golpear su frente contra el suelo de cemento, produciendo un ruido seco:—Sabemos que los negocios son crueles, pero tengo padres ancianos y una hija joven. Si nos liquidan por completo, ¡toda mi familia terminará en la calle! ¡Solo le pido que convenza al señor Zavala de tener compasión!
Lucía se giró hacia los guardaespaldas y les ordenó:—Ayúdenlo a levantarse.
Al decir esto, dio un paso adelante, dispuesta a ayudarlo ella misma.
Los guardaespaldas reaccionaron de inmediato. Dieron un paso al frente y, sujetando al hombre por los brazos, lo levantaron a la fuerza, alejándolo del vehículo.
Noel sintió que el alma se le caía a los pies; tomó a Lucía del brazo y la jaló suavemente hacia atrás, protegiéndola con su propio cuerpo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero