El nombre impreso claramente en las invitaciones seguía siendo el de Jimena Jiménez.
Sin embargo, toda la decoración, los espectaculares de la entrada y las proyecciones en pantalla gigante presentaban a Lucía García como la novia oficial.
Los murmullos se encendieron como pólvora por todo el salón de banquetes, extendiéndose de mesa en mesa.
—Algo no cuadra, ¿o estoy viendo mal? La tarjeta dice Jimena, pero acaban de cambiar a la novia en el último segundo.
—Hasta donde yo sé, Verónica Valdés era la primera opción de la familia Zavala para el compromiso. Luego mandaron corregir las invitaciones a nombre de Jimena. Y ahora, el día del evento, resulta que es esta señorita... ¿Lucía García?
—El señor Zavala se toma los matrimonios a la ligera, ¿verdad? Nadie hubiera apostado a que ella sería la novia definitiva.
—Las locuras de la gente rica, nunca dejan de sorprender.
—¿De verdad es tan caprichoso con un compromiso así?
Diego Paredes, sosteniendo una copa de vino, asintió fingiendo total solemnidad: —Sí, a mí me parece que sí lo es.
—Vaya, qué equivocados estábamos...
Julio García, que escuchaba desde su lugar, se sentía terriblemente incómodo. Su postura era rígida, como si estuviera sentado sobre espinas.
Cristina Quiroga, su esposa, sentada junto a él, se inclinó aguantando la risa: —¿Qué te pasa, cuñado del novio?
Julio se sonrojó hasta las orejas, avergonzado. —Este puesto de cuñado me está matando. Es demasiado humillante —suspiró por lo bajo.
—¿El propio novio no siente vergüenza y a ti ya te da pena? —Cristina sonrió con dulzura.
Pero el detalle más descabellado de la velada era la ausencia total de la novia.
Lo único que adornaba el evento eran fotos del novio y la novia en su época de estudiantes.
El mensaje visual era evidente: un romance nacido en la juventud, predestinado a terminar juntos para toda la vida.
El inmenso salón rebosaba de gente y la ceremonia transcurría impecable, pero la protagonista seguía sin hacer su aparición. Se sentía como una boda espectacular donde solo reinaba la utilería.
—¿No les pareció que estaba asistiendo a la boda de alguien más? Se veía completamente desvinculada del evento, claro, es divina, pero parecía una invitada ajena.
Sin embargo, quienes conocían de cerca a la pareja o los observadores más agudos captaron el instinto protector del novio.
Cuando la novia se retiró, el programa continuó.
Veinte minutos después, la voz fría e imponente de Alejandro retumbó por el sistema de sonido del salón, con una sinceridad inquebrantable:
—Gracias a todos por acompañarnos. La ceremonia de hoy será lo más breve posible y no aceptaremos brindis por mesa. Mi esposa tiene una salud frágil y en este momento está esperando a nuestro hijo. Necesita reposo absoluto, así que les agradezco de antemano su comprensión.
Al terminar de hablar, una ola de aplausos inundó el lugar.
Luego, el director Zapata, que actuaba como padrino, tomó el micrófono para cerrar con diplomacia: —Les pedimos empatía con la situación de la señora Zavala. Es un embarazo de alto cuidado y no puede someterse a tensiones. Hoy nos basta con que sean testigos de este compromiso. Por favor, disfruten del banquete.
La boda que escandalizó a toda la ciudad, tras sus tres bruscos giros en la identidad de la novia, había comenzado con lujo y terminó con una devoción inusual.
Sin falsos formalismos ni largas parrandas. Fue el esfuerzo titánico de Alejandro por otorgarle a Lucía y a su hijo el respeto legal que se merecían ante el mundo.

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