Cristina estaba sentada justo al lado de Lucía y le preguntó: —Lucía, ¿qué le pasa al señor Zavala?
—Quién sabe —murmuró Lucía. Seguía preocupada por las náuseas. Bastaba con tener a Alejandro Zavala sentado enfrente para que los espasmos en el estómago y las ganas de vomitar empeoraran.
Sin embargo, hoy no estaba tan mal; al menos podía comer.
Lucía levantó la mirada y notó que, efectivamente, Alejandro tenía una leve sonrisa asomando en las comisuras de los labios. Se le veía relajado y tranquilo, como si estuviera en su propia casa, lo que la desconcertó aún más.
Con un invitado presente, los mellizos estaban inusualmente callados, sin hacer su habitual alboroto. El pequeño Horacito parpadeó con sus grandes ojos redondos, examinando de pies a cabeza a ese desconocido llamado Alejandro. Luego, giró la cabeza hacia Lucía y, con vocecita tierna, extendió sus manitas: —Abrazo...
Lucía iba a acariciar la cabeza de su sobrino y decirle que no podía, pero Alejandro se puso de pie y dijo: —Yo lo cargo.
Con firmeza, tomó al pequeño y lo acunó en sus brazos.
Julio García se quedó con cara de interrogación.
El pequeño travieso, que siempre era un torbellino, quedó totalmente paralizado. En los brazos de Alejandro, todo su cuerpecito se puso rígido por un miedo incontenible; ni siquiera se atrevía a llorar en voz alta.
Cristina comentó con un tono de cortesía: —No sabía que a los niños les agradara tanto el señor Zavala, mira cómo se deja abrazar.
Julio torció el gesto y rompió la ilusión sin rodeos: —¿Estás segura de que le agrada y no es que le tiene terror?
La verdad era que ambos mellizos parecían muy asustados de Alejandro.
Lucía no pudo evitar soltar una risita al ver la carita de Horacito, que parecía a punto de estallar de indignación pero no se atrevía a soltar ni un chillido.
Justo cuando iba a pedirle a la niñera que se llevara a Horacito, Cristina tomó a su hijo de los brazos de Alejandro. —No nos distraigamos con los niños, dejemos que el invitado disfrute de la comida.
¿Invitado?
Alejandro miró a Lucía, confirmando que ella ni siquiera le había contado a su familia que ya habían firmado el acta de matrimonio.
Después de comer, Alejandro y Julio fueron al despacho y hablaron durante una media hora.
Antes de irse, Alejandro pasó por la habitación de Lucía.
Ella estaba frente a la computadora revisando las gráficas del mercado de valores. Como había invertido a largo plazo en acciones de Estados Unidos, no necesitaba hacer movimientos frecuentes ni preocuparse demasiado.
—Entonces, ¿lo prometes? —Lucía retrocedió un poco. Todavía tenía un ligero rubor en las mejillas, aunque su tono seguía siendo amenazante.
Alejandro la miró con los ojos bajos. —Prometo lo que quieras.
Sabía que ella estaba en una etapa sensible del embarazo y sentía que no debía alterarla. —Te daré cualquier cosa que pidas.
Lucía sintió que había ganado la batalla y suavizó su mirada feroz. Sin embargo, esa repentina sumisión de su parte, aceptando todo y dándole la razón en cada cosa, la hizo sentir una extraña incomodidad.
No tuvo tiempo de analizarlo. Alejandro se inclinó ligeramente y volvió a besarla. Cuando ella intentó echarse hacia atrás, él le sostuvo la nuca con suavidad.
El aliento cálido la envolvió.
Un beso profundo y un roce suave.
Poco después...
Cristina Quiroga, que subía con una bandeja de té y postres, abrió la puerta de la habitación y se topó de lleno con la escena.

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