La única forma de romper el estancamiento era confesar que estaba embarazada, pero no se atrevía a decirlo.
Si revelaba la verdad de su embarazo, por supuesto que él no la tocaría. Pero una vez que lo hiciera, caería por completo en sus manos sin ninguna posibilidad de escape.
De cualquier forma, estaba perdida.
Alejandro la rodeó con el brazo, balanceando suavemente su frágil cuerpo y exigió:
—Habla claro. ¿Eliges quedarte a dormir en el yate o mañana vas a tomarte las fotos de boda conmigo?
—Las fotos.
Alejandro esbozó una sonrisa:
—¿No te vas a escapar a escondidas?
—No.
De momento, Lucía solo podía tranquilizarlo y aceptar. Sintiendo el cuerpo firme como un muro de hierro frente a ella, apartó la mirada nerviosa y lo apresuró:
—Primero vístete.
Él estaba completamente desnudo, su piel caliente y musculosa se pegaba a ella y el calor constante que emanaba la hacía sentir muy incómoda.
Lucía solo quería sobrevivir a esa noche y pensar en otro plan después.
Cuando llegaron a casa, su familia todavía no se había acostado. Como era de esperar, le preguntaron a dónde había ido y ella inventó una excusa cualquiera.
Le pidió a Doña Rosa que le preparara un té de jengibre y manzanilla y subió a bañarse. Esta vez usó un gorro de ducha para no mojarse el cabello. Tiró la ropa arruinada por el agua del mar y bajó con un pijama cómodo y seco.
Doña Juana le preparó una sopa. Después de comer y beber el té, Lucía se fue a dormir.
Ya pensaría mañana en los problemas del mañana.
A la mañana siguiente, Lucía durmió hasta pasadas las nueve. Solo despertó porque el celular no dejaba de vibrar.
—Hablemos las cosas con calma.
—Sube por tu bolso primero —ordenó él, sin darle opción, tirando de ella hacia las escaleras.
Mientras la arrastraba hacia arriba, Lucía buscaba excusas a toda prisa:
—Hoy no es un buen día, no es una fecha especial para casarse. Los astros no están alineados. No es adecuado.
Alejandro tomó su bolso, verificó que llevara sus documentos y sentenció:
—No hay nada de inadecuado. Solo vamos a firmar los papeles, no a celebrar la fiesta.
Con su pequeño bolso en una mano, la llevó sujeta de la otra de vuelta a la planta baja.
Lucía fue arrastrada pasivamente fuera de la mansión hasta entrar al auto de Alejandro, que estaba aparcado afuera.

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