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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 577

Al llegar al estudio de la Finca de La Luz, Alejandro Zavala abrió un compartimento secreto y sacó una pequeña y exquisita pistola plateada.

Quitó el cargador para revisarlo, cargó solo una bala en su interior, guardó el arma y regresó al auto.

—¡¿Qué vas a hacer?!

Lucía, sentada en el auto, lo vio regresar y pensó que tal vez la asesinaría para desaparecer su cuerpo.

Justo había querido bajarse del vehículo, pero sus guardaespaldas estaban apostados afuera y la atmósfera era claramente distinta a la de antes.

Alejandro no dijo una palabra, solo arrancó el auto y aceleró. Una hora después, cuando el paisaje se abrió, Lucía se dio cuenta con asombro de que habían llegado a la costa.

—¡¿Qué es lo que vas a hacer?!

En el muelle descansaba su yate privado, completamente blanco.

—Sube conmigo.

Alejandro le agarró la muñeca y la obligó a caminar hacia el yate con firmeza.

Lucía se retorció desesperadamente, luchando con todas sus fuerzas. Clavó los pies en el suelo, pero la diferencia de fuerza era abismal; no pudo contra él y terminó siendo arrastrada y empujada hasta la cubierta.

—No quiero salir al mar, déjame bajar —la voz de Lucía temblaba, con los ojos llenos de terror.

Alejandro hizo oídos sordos. Cerró la pesada escotilla con un movimiento rápido y se dirigió a la cabina para encender los motores. El rugido grave del motor resonó, el yate rompió las olas y se adentró en aguas profundas.

Se detuvieron cuando estaban a más de un kilómetro de la costa.

Alejandro agarró a Lucía sin darle opción y la arrastró hasta la barandilla.

—¿No te arrepientes de haberme salvado? Entonces terminemos aquí, reiniciemos todo.

Alejandro sacó la pequeña pistola plateada y metió con fuerza el frío y duro metal en la palma de Lucía.

—Apunta hacia mí y dispara, y caeré al mar...

Él colocó su gran mano sobre la de ella, forzando sus dedos a cerrarse alrededor de la empuñadura y el gatillo.

La yema de los dedos de Lucía tembló bruscamente y se le erizó la piel. Por instinto, intentó sacudir la mano para soltar el arma, pero él la sujetaba con tal fuerza que le fue imposible liberarse.

Con voz rota y temblorosa, Lucía sollozó:

—Alejandro Zavala, ¿acaso solo estarás satisfecho cuando me empujes a la muerte?

No podía apretar el gatillo de verdad y matarlo. Si lo hería con sus propias manos, las pesadillas la perseguirían cada noche y jamás encontraría paz.

Armándose de valor, Lucía soltó bruscamente la pistola plateada. El metal golpeó la cubierta con un sonido agudo y estridente.

—¡Quieres que muera! ¡Entonces moriré, déjame morir!

Lucía se giró abruptamente y corrió desesperada hacia la barandilla. Al ver cómo arrojaba el arma al suelo, la primera reacción de Alejandro fue temer que se disparara por el golpe, por lo que no la detuvo a tiempo.

Al segundo siguiente, Lucía saltó por la borda y cayó directamente al mar.

Una vez en el agua, Lucía se dio cuenta de que ese desgraciado ni siquiera había intentado detenerla.

Recordando que estaba embarazada, salió de inmediato a la superficie.

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