Después de ver a la familia de tres marcharse en su auto.
Lucía tomó su bolso y se disponía a salir también.
En ese instante, por el rabillo del ojo, notó a Alejandro bajando lentamente por las escaleras de la cafetería. Su corazón dio un vuelco; las pestañas le temblaron, y sus ojos se llenaron de un asombro que la tomó totalmente desprevenida.
La mirada de Alejandro se cruzó directamente con la suya. Sus ojos oscuros y profundos se detuvieron por un momento antes de empezar a caminar hacia ella.
El cuerpo de Lucía se tensó al instante. Bajó la mirada y hasta su respiración se volvió imperceptible.
A unos pocos metros de distancia, la profunda voz del hombre la alcanzó: —Señorita García.
Lucía mantuvo la vista baja y asintió levemente.
Alejandro dijo: —Me enteré del fallecimiento de su padre. Lo lamento mucho.
Una sensación extraña e incomprensible surgió en el interior de Lucía.
La sorpresa llenó su mirada, y su mente se plagó de preguntas, dejándola paralizada en el lugar.
*¿Era en serio?*
¿De verdad él había olvidado incluso ese detalle tan importante?
Un nudo en el estómago la invadió.
Pensándolo bien, recordaba la situación en la que quedó cuando perdió la memoria: el valor de su compañía cayó en picada, evaporando miles de millones en el mercado. De pronto, le pareció absurdo pensar que, sabiendo que afectaría las acciones de su empresa, él se atreviera a jugar una broma tan pesada.
Lucía levantó la vista lentamente hacia el hombre, con la voz ligeramente ronca: —¿Cuántos años de memoria perdiste?
El apuesto y frío rostro del hombre no mostró ninguna emoción. —Un poco más de tres años.
Tres años en blanco. Eso significaba que en su mente, no existía ni el más mínimo rastro de aquel tormentoso pasado juntos, y mucho menos las absurdas noches en las que cruzaron los límites.
Lucía sintió un alivio inmenso en el pecho.
Alejandro preguntó: —¿Ya te ibas? Te acompaño.
—Yo... vine en mi auto.
Julio la vio y se burló con una sonrisa ligera: —Ya eres una adulta y te quemas al comer, los niños se están comportando mejor que tú.
—¿Volviste exclusivamente por ese escándalo en internet?
—Sí...
Cuando vio aquellas fotos y el retrato de su difunto padre arrojados descuidadamente en internet, la furia se apoderó de ella y regresó de inmediato desde el extranjero. Pero, ya con la mente fría, entendió que podría haberlo resuelto en línea sin necesidad de hacer ese viaje.
Lucía levantó la vista hacia Julio con tono de queja: —Julio, ¿por qué no te encargaste tú de esto primero?
—Estaba un poco ocupado. Además, ya le había mandado un mensaje a la plataforma pidiendo que borraran la publicación. —Julio solía hacer las cosas, pero rara vez las hacía a fondo.
Elena intervino: —Los jóvenes de hoy no tienen respeto, solo piensan en ver chicos guapos. En fin, sus padres ya vinieron a pedirme disculpas, lo bueno es que el asunto ya está solucionado.
En ese momento, el pequeño Horacito se resbaló de su silla y, tambaleándose, llegó a los pies de Lucía. Balbuceaba "abrazo..." mientras levantaba sus manitas hacia ella.
Lucía extendió la mano y le acarició las mejillas con ternura. En el pasado, lo habría tomado en brazos y lo habría apretado contra ella. Pero ahora, embarazada y temerosa de que los movimientos torpes del niño golpearan su vientre, solo pudo usar una voz dulce para calmarlo: —Pórtate bien, Horacito. Ve a sentarte y tu tía te dará de comer, ¿sí?

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