Justo en ese momento, Bianca y Clara pasaban frente al salón.
Iban a seguir de largo cuando escucharon una voz inconfundible salir desde adentro.
—Eres superior a la mayoría de los investigadores. Inténtalo, esfuérzate. Tienes un talento nato, y lo veo. Además, tus fundamentos técnicos son realmente sólidos...
Bianca se quedó petrificada.
Esa voz... eran sus propias palabras. Las mismas que había dicho la primera vez que evaluó a Melisa a petición del maestro Salazar.
Había usado un distorsionador de voz para sonar como un hombre y le dio una crítica puramente objetiva.
Jamás imaginó que Melisa la habría grabado en secreto.
Y peor aún, cuando miró hacia el interior del salón, vio al mismo sujeto que minutos antes le había dado el recado a su equipo. Y junto a él, al lado de Melisa, estaba el jefe de todo.
Al terminar el audio, Melisa continuó hablando con voz melosa:
—El señor Aro reconoció mi talento al instante. Es un hombre justo que no se deja llevar por las emociones. Para ser honesta, todo esto se debe a que Aro es un hombre. Si hubiera sido una mujer, apuesto lo que sea a que la envidia la habría consumido y habría intentado sabotearme por despecho. Trabajar en un instituto dirigido por mujeres debe ser como estar en una telenovela llena de puñaladas por la espalda, donde nadie hace ciencia de verdad.
Tiago la miró con profunda admiración.
—Eres hermosa y brillante. Cualquiera que no esté ciego caería rendido a tus pies. Por eso mismo tengo que apoyarte. Serás la versión femenina de Aro. Cuando llegue el momento de hacer negocios contigo, espero que no te escondas de mí.
—¡Ay, Tiago, por favor! No me halagues tanto. Damián se la pasa diciéndome cosas parecidas. Si no mantengo los pies en la tierra, terminarán haciéndome volar tan alto que la caída será mortal...
Bianca no escuchó el resto de la cursilería.
Al notar que Clara estaba a punto de estallar de rabia, la jaló del brazo y la obligó a alejarse.
Una vez dentro del ascensor, Clara no aguantó más.
—¡Esa mujer es una víbora arrastrada! ¡¿No tiene vergüenza?! ¡Te juro que daría la mitad de mi vida por verle la cara cuando se entere de que tú eres el mismísimo...!
Clara no se atrevió a decir el nombre en voz alta, temerosa de que alguien más estuviera escuchando.
Bianca suspiró y sacudió la cabeza. De inmediato llamó a Vicente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa