El mesero, siguiendo las instrucciones de doña Estela, se acercó para pedirle a Damián que lo acompañara.
—Iré a ver qué necesita —dijo Damián.
Melisa tomó su copa de champán y asintió.
—Ve.
Al ver a Damián alejarse, Melisa sintió cierta inseguridad y, al mismo tiempo, buscó con la mirada a Bianca.
Sin embargo, se dio cuenta de que Bianca ya se había acercado por iniciativa propia a la mesa principal.
Frunció el ceño.
Lorenzo Valdés, completamente ajeno a la situación, le preguntó a Melisa:
—Melisa, ¿no vas a saludar? Si doña Estela y el abuelo supieran lo increíble que eres y vieran cómo esas personas tan importantes te llenan de elogios, no podrían ocultar su orgullo.
—Prefiero no ir por ahora —respondió Melisa con una sonrisa, perdiendo claramente el brillo que tenía hace un momento.
Realmente no lograba comprender por qué doña Estela sentía tanta preferencia por Bianca.
Ella estaba a punto de convertirse en discípula del profesor Salazar. En un evento como este, se desenvolvía con total naturalidad, recibía halagos de personas con verdadero poder, e incluso el profesor Hugo Valente y los demás parecían conocerla muy bien.
¿Y Bianca?
Bianca ni siquiera entendía nada, ni siquiera tenía el derecho de sentarse en esa mesa.
Hablando de forma cruda y objetiva, el único valor y propósito en la vida para una mujer como Bianca era darle hijos a un hombre.
Lorenzo pareció entender algo y comentó:
—Es cierto. Eres tan talentosa que, si vas, terminarías robándole el protagonismo a la niña en su propio bautismo.
Melisa esbozó una sonrisa sutil, pero no respondió.
—No pasa nada, iré a saludar —dijo Lorenzo riendo.
Melisa intentó detenerlo, pero él ya se dirigía a zancadas hacia la mesa principal.
En la mesa principal, ¡Bianca estaba sentada al lado de Vicente Ávila, compartiendo mesa con el profesor Valente!
No pudo evitar sentir que era ridículo.

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