La anciana avanzó a paso lento y se dejó caer en el sofá de cuero. Sus manos temblaban sobre la empuñadura de su bastón mientras lanzaba una mirada fiera a todos los presentes.
Su esposo, el abuelo, le hizo señas desesperadas a Damián para que calmara las aguas y no provocara a la mujer.
Pero la abuela golpeó el piso con el bastón:
—¿Dónde está Bianca? Tráiganla aquí. Tengo que hablar con ella.
Habiendo escuchado la conmoción, Bianca bajó las escaleras antes de que alguien fuera a buscarla.
Al llegar frente a la anciana, bajó la cabeza en señal de respeto, ocultando su dolor.
La abuela cerró los ojos por un segundo para contener las lágrimas, pero su voz sonó como un latigazo dirigido a Damián:
—¿Es cierto que te vas a divorciar de esta niña?
Era la primera vez que Damián mostraba tanta frialdad frente a la persona que más respetaba. Esbozó una sonrisa hueca.
—¿Y ahora quién le fue con el chisme?
La acusación implícita fue obvia. A Bianca se le ensombreció la mirada.
Él creía, en su infinita arrogancia, que había sido ella quien llamó a la abuela para sabotear el divorcio.
La anciana, más astuta que el diablo, entendió el dardo envenenado y estalló:
—¡Cállate! Me enteré de que le compraste mansiones a la familia Serrano. De que andan usando el nombre de nuestra empresa para firmar contratos millonarios y tú ni siquiera los cuestionas. ¡Y que hasta metiste al escuincle de Melisa, ese tal Liam, al Centro Médico Figueroa con atención VIP! Te cegaste tanto por las faldas de esa mujer que perdiste la dignidad. ¡No soy ninguna imbécil! ¡No necesito que vengan de afuera a decirme en qué andas metido!
Temblando de rabia, volvió a golpear el piso con el bastón.
—¡Te lo advertí! Te dije que no me importaba si tenías tus aventuras, que ningún hombre poderoso es un santo, ¡pero que tu lugar estaba en tu casa! Te dije que no cruzaras la raya, que yo podía hacerme de la vista gorda. Pero esto... ¡Esto es pasarse de la raya! ¡Ninguna esposa decente soporta tanta humillación! ¡Bianca se desvivía por ti, y tú la aplastaste dándole todo a esa cualquiera! ¡Y ahora, para colmo, quieres el divorcio!
Sin darle tiempo a replicar, la abuela sacó un documento y se lo aventó a los pies.
Doña Perla se arrojó al suelo, sollozando, y recogió los papeles. Leyó las letras impresas.
Era el contrato prenupcial de castigo: si Damián se divorciaba de Bianca, perdería absolutamente todo. Acciones, propiedades, su puesto como presidente y su lugar en la familia. Sería desterrado.
—¿Estarías dispuesto a perder tu maldito imperio por separarte de ella? —bramó la anciana, al borde del infarto.

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