—Fui yo quien inventó que ella era una interesada porque despreciaba que estuviera arruinada. La juzgué mal todo este tiempo... ¡Bianca nunca tuvo la culpa de nada, siempre fue la víctima! —lloró la mujer mayor, derribando el gran mito.
Melisa se quedó con la boca abierta, incapaz de procesar el golpe.
¿Cómo diablos podía ser eso cierto?
Doña Perla levantó la vista y miró a Melisa con una frialdad absoluta.
—Melisa, siempre pensé que eras una mujer elegante, pero esto es un asunto privado de mi familia. No tienes derecho a opinar. Por favor, retírate... ¿Damián?
La matriarca se quedó muda al ver la imponente figura de su hijo bloqueando la entrada.
Damián Figueroa desprendía un aura gélida que congelaba la habitación.
Doña Perla palideció de terror.
Bianca se giró lentamente, topándose con la mirada de hielo del hombre.
Minutos antes, al ver que él no contestaba, ella le había enviado un resumen exacto de lo que estaba pasando, junto con la ubicación del café, rezando para que lo leyera a tiempo.
Al cruzar miradas con él, esperó, de forma absurda, que él le dirigiera al menos una palabra o un gesto.
Pero él apenas la escrutó un segundo antes de clavar toda su atención en Melisa.
—¿Damián? —murmuró Melisa, temblando al sentirse descubierta.
Si él había escuchado la confesión de su madre, si sabía que Bianca era inocente del engaño... ¿acaso le tendría lástima? ¿O remordimiento?
¡Todo el maldito mundo la había tratado como a una prostituta barata durante años sin que fuera su culpa!
Aunque claro, se consolaba Melisa, en el fondo Bianca seguro disfrutó de casarse con un millonario.
Jugando el papel de damisela en apuros, Melisa caminó hacia él.
—Damián... lo siento tanto, yo...
Él la cortó de tajo, con voz suave:
—Tranquila.
Luego giró el rostro hacia Esteban, que esperaba en el pasillo.
—Llévala a su casa.
Melisa titubeó, pero obedeció dócilmente, sintiéndose aliviada.
Estando Damián ahí, no había forma de que Bianca lograra sacarle un centavo más.
Bianca observó la escena con náuseas.


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