Un mensaje brillaba en la pantalla:
Mi amor, ¿vienes esta noche?
El contacto estaba guardado como Bebé.
Bianca no necesitaba un doctorado para saber que era Melisa Serrano.
Con el rostro inexpresivo, agarró el aparato y un suéter de la abuela. En ese instante, la pantalla cambió: Melisa estaba llamando.
Bianca no tenía la menor intención de contestar, pero su dedo resbaló y activó el altavoz. La voz melosa de la amante llenó la sala:
—Damián, ¿sigues ocupado? Sé que me dijiste que no me preocupara por lo que pasó hoy, pero me siento súper culpable. ¿Me dejas consentirte para pedirte perdón?
Primero le preguntaba si iba a su casa, y ahora le ofrecía pedirle perdón.
Bianca no era idiota. Sabía perfectamente a qué clase de perdón en la cama se refería.
Pura seducción barata.
Estuvo a punto de colgar, pero la mujer siguió hablando:
—Gracias por consentirme tanto, amor. Eres increíble conmigo y con mi familia. Te amo muchísimo. Y, escucha, sé que Bianca está haciendo su berrinche por mi culpa. Prometo que la buscaré para hablar de mujer a mujer. Estoy segura de que si le explico las cosas, podré calmarla y enseñarle cuál es su verdadero lugar.
Bianca sintió que le hervía la sangre. Esa maldita garrapata no solo le restregaba su victoria en la cara, sino que todavía se daba aires de superioridad moral.
Al notar el silencio del otro lado, Melisa insistió:
—¿Damián? Amor, ¿me escuchas?
—No soy Damián, soy Bianca —respondió, dejando gotear el veneno—. Y, fíjate, Melisa, creo que necesitas que te revise un psiquiatra. Es la primera vez que escucho a la amante darle lecciones de moral y buenas costumbres a la esposa legítima.
Antes, Bianca evitaba rebajarse a pelear con ella. Era perder el tiempo y la dignidad.
Además, Melisa tenía un complejo de mártir tan grave que, pasara lo que pasara, siempre lograba hacerse la víctima y culpar a los demás.

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