Los padres de Vicente conocían la verdadera identidad de Bianca y, de hecho, nada les habría gustado más que verla formar una pareja con su hijo.
Mientras la veían alejarse, don Federico suspiró con admiración.
—Ojalá terminaran juntos. Bianca es una mujer brillante, no le pide nada a ningún hombre de negocios. Leonardo Núñez sí que crio unos hijos excepcionales. Por cierto, me llegaron varias invitaciones de la familia Serrano. Dicen que Melisa Serrano insiste en reunirse con nosotros. Quién sabe qué querrá.
Al girarse, don Federico se dio cuenta de que su esposa ya había subido las escaleras corriendo para ir a abrazar a la bebé, ignorándolo por completo.
El asunto de Melisa quedó en el olvido.
❀
Para la tarde, Bianca ya tenía todas sus cosas listas para trasladarse a las oficinas del Grupo Figueroa.
Al bajar, vio a Esteban bajándose de un auto para abrirle la puerta.
—El señor Figueroa me pidió que viniera a recogerla —informó el asistente.
Bianca no puso ninguna objeción.
Pero apenas pisó el lobby del Grupo Figueroa, se encontró de frente con el licenciado Solís, su abogado de divorcio.
Ambos cruzaron miradas y, antes de que ella pudiera decir algo, Esteban se adelantó rápidamente hacia él.
—Usted es el licenciado Solís, ¿verdad? El señor Figueroa está en una junta interminable. Me temo que hoy no tendrá tiempo de recibirlo.
Solís miró de reojo a Bianca, quien detuvo su paso y frunció el ceño, expectante.
—¿Y cuándo tendrá tiempo el señor Figueroa? —preguntó Solís con tono profesional—. Podemos fijar una hora exacta y agendarlo para que haga un espacio en su itinerario.
Esteban revisó una tablet con la agenda.
—Está sumamente ocupado estos días...
Solís dudó un instante, pero luego tomó una decisión firme.
—En ese caso, lo esperaré aquí. El señor Figueroa tiene que descansar en algún momento, ¿no? Cuando tenga un respiro, hablaremos. Cancelé todas mis citas del día solo para resolver este asunto.
Esteban sabía perfectamente que Solís traía los papeles del divorcio. Sonrió con cortesía, aunque la tensión era evidente.
—Se nota que se toma muy en serio su trabajo, licenciado.
Solís estrechó la mano de Esteban con una sonrisa diplomática.
—Solo cumplo con mi deber. Al final del día, los abogados somos como ustedes los asistentes: nos pagan por resolver problemas y cumplir mandatos. De una forma u otra, entregaré estos documentos.
Su tono dejaba muy claro que no pensaba irse hasta lograr su objetivo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa