Juliana, sentada al otro lado de Susana, enrojeció los ojos de repente.
—Hermana, es todo culpa mía. No debí decir que me empujaste. Estoy segura de que no fue a propósito.
»Mamá te envió a la Academia porque se preocupaba por mí. Si tienes que culpar a alguien, cúl-pame a mí, pero no a mamá.
Luego, tomando la mano de Susana, dijo con una expresión de terca resignación:
—Mamá, mi hermana vivió dieciocho años de lujos. Es normal que le cueste adaptarse a vivir sola estos dos años y que guarde rencor. No la culpes.
Cada palabra parecía un intento de mediar, pero el resultado fue que Susana sintió una creciente aversión hacia Otilia.
Pensaba que en estos dos años había madurado, pero seguía guardándole rencor a Juli.
¡Fue culpa suya! ¿Qué derecho tenía a guardarle rencor a Juli?
—¡Otilia, sigues siendo igual de mezquina! —dijo Susana, con dureza.
Otilia miró con frialdad las lágrimas que asomaban en los ojos de Juliana.
Quiso reír, pero no pudo.
Había presenciado esta escena innumerables veces desde que cumplió los dieciocho.
Juliana ni siquiera necesitaba llorar para que la culparan de los peores crímenes y para que todos en la familia Aguilar sintieran lástima por ella.
—¡Otilia, pídele perdón a Juli ahora mismo! —ordenó Susana, con severidad.
—Señora Aguilar, mi nombre es Otilia —dijo Otilia, mirándola con una calma que la desconcertó.
Fueron ellos mismos quienes le cambiaron el nombre, delante de toda la prensa.
Quizás sorprendida por su tono frío, o por su mirada desconocida, Susana tardó en reaccionar.


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