Dicho eso, Ledo salió de la habitación y se dirigió a paso rápido hacia el sótano.
Apenas encontró el cuarto de equipos donde tenían retenido al Dr. Suárez, escuchó a dos hombres cuchicheando.
—¡¿Nos descubrieron?!
—Sí, ese niño es muy listo. ¡Vámonos de aquí ya mismo!
—¿Y qué hacemos con el doctor?
—¡Déjalo!
—¡Pero nos vio la cara!
—¡Entonces mátalo rápido! ¡Muévete!
Uno de los matones se acercó a grandes zancadas al Dr. Suárez, pero antes de que pudiera alzar la mano, ¡Ledo atacó con la velocidad de un rayo!
Una daga le atravesó la palma de la mano al hombre, haciéndole soltar un grito desgarrador.
—¡Aaaah!
El otro sacó su arma, en alerta máxima.
—¡¿Quién anda ahí?!
Pero antes de que siquiera pudieran distinguir el rostro de Ledo, ambos ya estaban en el suelo, abatidos por una ráfaga de golpes precisos, rápidos y despiadados.
Ledo no les dio margen para contraatacar. Tirados en el suelo y aferrándose el pecho, los matones lo miraron con terror.
—Tú... ¡¿tú eres?!
—¡Tú eres Ledo Bello!
Ledo no se molestó en responderles. Se acercó rápidamente al Dr. Suárez para revisar sus signos vitales.
Al comprobar que solo estaba inconsciente y no corría peligro de muerte, sacó su celular y revisó la transmisión de la cámara de seguridad de la habitación de arriba.
La imagen era nítida. Poco después de que él salió, el falso doctor había dudado un largo rato antes de tomar su teléfono y marcar un número. Con la voz temblorosa, había dicho:
—Jefe, la misión fracasó.
Ledo no podía escuchar la respuesta del otro lado, pero el hombre comenzó a jadear con fuerza, el pánico dibujado en su rostro.
Su expresión reflejaba una angustia profunda.
Y no parecía tener ninguna intención de suicidarse.
Ledo entornó la mirada, guardó el teléfono y se volvió hacia los dos matones en el suelo.
Ambos lo miraban como si fuera la mismísima muerte.
Ledo les arrebató los celulares, revisó el registro de llamadas y los encaró.
—¿Quién de ustedes dos recibió el aviso?
Como ninguno de los dos abrió la boca, Ledo levantó el pie y lo dejó caer con fuerza sobre el tobillo de uno de ellos.
—¡Aaaah! —Un nuevo alarido retumbó en las paredes del sótano.
Ledo clavó sus ojos en el segundo hombre. Este jadeaba fuertemente, sudando frío a mares.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...