—Además —continuó el esbirro—, este acto de venganza rompe todas las reglas que el Señor de la Selva impuso para la competencia. Seguro estará furioso. Si a eso le sumamos la presión mediática, ¡es muy probable que incluso termine apoyándonos!
A Hugo le pareció una excelente sugerencia.
—¡Vayan y hagan el escándalo con la prensa! ¡Que toda La Selva clame por su sangre!
—¡De inmediato! —asintió el secuaz.
Tras colgar, el hombre soltó un largo suspiro y se secó el sudor de la frente, sintiéndose increíblemente culpable y aterrorizado.
—¿Qué dijo? ¿Don Hugo se la tragó? —preguntó su compañero.
—¡Creo que sí!
El otro también dejó escapar el aire aliviado.
—Pues con esto ya armamos el teatro completo. Si todos juran que nuestro Patrón está en la mansión de los del Pozo, Don Hugo entrará a la fuerza. Ellos intentarán detenerlo y se desatará el infierno. ¡Súmale a eso el escándalo de la prensa! ¡Nadie en el pueblo va a dormir esta noche con semejante espectáculo!
—Ojalá eso sea suficiente para el mocoso ese —masculló el primero.
El segundo pareció recordar algo y frunció el ceño con preocupación.
—Oye, pero... ¿qué va a pasar después? Cuando rescaten al Patrón y se descubra nuestra mentira, ¡él mismo nos va a arrancar la cabeza! Y aunque nos perdonara, Don Hugo jamás lo dejaría pasar.
El primero arrugó la frente, sombrío.
—En ese caso, solo nos queda rezar para que el Patrón nunca regrese. ¡O al menos, que no regrese con vida!
El otro lo miró, horrorizado, pero al final asintió en silencio.
¡Era su única salida si querían conservar el pellejo!
Tras unos segundos de mutismo, uno de ellos murmuró:
—¿Por qué crees que ese chiquillo secuestró a nuestra gente?
—Yo digo que solo está sembrando cizaña. ¡Quiere provocar una guerra entre ambas familias para que los Dorado destruyan a los del Pozo!
—Si eso es cierto, entonces no está del lado de los del Pozo, ¡sino del nuestro! Al fin y al cabo, sus objetivos coinciden.
El otro asintió y suspiró.
—Ya hicimos nuestra parte. ¿Cuándo crees que podamos pedirle el antídoto?
El primero se rascó la cabeza, agobiado por la angustia.
Mientras tanto, Ledo llegó a la propiedad Dorado conduciendo su carruaje a toda velocidad.
Los guardias de la entrada lo miraron con una mezcla de fastidio y temor, manteniéndose a una distancia prudente.
Ledo no se bajó del vehículo, sino que tensó las riendas y les ordenó:
—¡Abran la puerta, que voy a entrar!
Uno de los guardias frunció el ceño.
—Bájese primero. Nosotros nos encargaremos del carruaje.
—¡No hace falta! ¡Voy a entrar con todo y esto!
—¿Pretende meter el carruaje a la propiedad? —preguntó el hombre, perplejo.
—¿Acaso hay algún problema con eso?
—Sí.
Ledo soltó un latigazo relampagueante que le abrió la piel al guardia, haciéndolo gritar de dolor.
Los demás se horrorizaron.
—¡¿Cómo se atreve a golpearlo?!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...