El caballo relinchó al tiempo que se alzaba sobre sus patas traseras. Al instante siguiente, se lanzó a toda velocidad hacia adelante.
El mayordomo y los guardias, aterrorizados, saltaron instintivamente a los lados para evitar ser arrollados.
—¡Cierren las puertas! —gritó el mayordomo a todo pulmón.
Los guardias que estaban dentro intentaron acatar la orden, pero Ledo, con una agilidad impresionante, saltó sobre el lomo del caballo para impulsarse en el aire. En un abrir y cerrar de ojos, despachó a los guardias y abrió de par en par la enorme puerta.
El caballo cruzó el umbral y entró galopando al patio de la mansión.
Justo frente a la entrada se erigía un colosal mural decorativo, flanqueado por una montaña artificial y una cascada en miniatura. A cada lado había una gigantesca tina de agua.
Se decía que Dante Dorado sentía una fascinación particular por esas dos tinas; de hecho, lo primero que hizo al asumir como líder de la familia fue trasladarlas desde su residencia privada. Cada vez que salía o regresaba, se detenía a admirarlas.
Ledo volvió al asiento del carruaje, tensó las riendas y enfiló directamente hacia aquellas tinas.
Al darse cuenta de sus intenciones, el mayordomo gritó desesperado:
—¡Pare, pare, pare...!
¡CRAACK!
El carruaje embistió una de las tinas, que quedó reducida a añicos debido al potente impacto.
El agua se derramó por doquier, revelando el secreto que albergaba en su interior: serpientes de agua.
Eran criaturas con rayas de cebra, de más de tres metros de largo y tan gruesas como la muñeca de un hombre.
Aterradas por el choque, se irguieron, mostrando sus afilados colmillos, y se abalanzaron sobre el caballo.
Ledo bajó del carruaje de un salto. Con una precisión pasmosa, agarró a dos de ellas por el cuello y comenzó a usarlas como látigos.
Ninguno de los miembros de la Familia Dorado se atrevió a acercarse.
Esas serpientes eran alimentadas con puro veneno, lo que las volvía letales. Una mordida suya significaba una muerte segura. Además, solo reconocían al Patriarca; a cualquier otro, lo atacaban sin piedad.
Todos contemplaron estupefactos cómo aquel chiquillo jugueteaba con las criaturas. ¡Casi se les salen los ojos de las órbitas!
Antes de que pudieran reaccionar, Ledo estampó las serpientes contra el suelo con brutalidad, y con dos certeros pisotones, ¡les aplastó la cabeza!
Los Dorado contuvieron el aliento en un silencio sepulcral.
Con una sonrisa desquiciada, Ledo volvió a subirse al carruaje, giró las riendas y embistió la segunda tina.
De los escombros surgieron más serpientes, que parecían incluso más agresivas que las anteriores. Pero el muchacho empleó la misma táctica: jugó un rato con ellas antes de machacarles los cráneos frente a todos.
Toda la residencia quedó sumida en un absoluto pánico. Nadie, en su sano juicio, se atrevió a interferir.
Durante casi media hora, Ledo hizo estragos con el carruaje por toda la mansión. Solo cuando se aburrió, se marchó con total parsimonia hacia la casa de huéspedes para buscar a Tesoro.
Desde su llegada, los Dorado los habían instalado en el ala oeste, buscando mantenerlos alejados de los problemas. Estaba a unos veinte minutos a pie del edificio principal y funcionaba casi como una vivienda independiente.
Ledo se alejó como si nada, dejando tras de sí una auténtica zona de desastre. Y no había necesitado ni un solo explosivo, solo el ímpetu de su corcel para destrozar medio jardín.
Cuando por fin desapareció, el mayordomo pareció salir de su trance. Se dio una palmada en el muslo y lanzó un alarido:
—¡Arruinados! ¡Estamos perdidos!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...