Ledo continuó:
—No soy muy fan de matar, porque luego hay que pagar los platos rotos. Pero me encanta torturar. Ya saben, al estilo de lo que le pasó a Jerónimo: ¡una picazón infernal, peor que la muerte misma! ¡Es mil veces más divertido!
Los dos secuaces se echaron a llorar como niños y empezaron a suplicar, humillándose completamente:
—¡Joven amo, perdónanos! ¡Nos equivocamos, buaaah! ¡No debimos ponernos chulitos contigo, te lo rogamos, ten piedad, buaaaah!
—Bueno, podría dejarlos libres, pero tendrían que portarse bien.
—¡Lo haremos, lo haremos! ¡Seremos muy obedientes! —exclamaron al unísono.
—Entonces, quiero que vayan y difundan un rumor: van a decir que su patrón y todos los demás competidores de la Familia Dorado fueron secuestrados por la Familia del Pozo. Y que ustedes lo presenciaron con sus propios ojos.
Los dos se quedaron de piedra.
—¿Ah?
—¿Saben cómo inculpar a alguien? —preguntó Ledo.
—¿In... inculpar a la Familia del Pozo?
—Exacto.
Los guardias estaban estupefactos.
—Pero... si usted y los del Pozo están en el mismo barco. ¿Por qué iba a querer perjudicarlos?
—Hacer tantas preguntas puede costarles la lengua —les advirtió él, en tono glacial.
Los hombres tragaron saliva y se cerraron la boca de inmediato.
Ledo continuó:
—Estaré atento a lo que diga la gente y la Familia Dorado. Si todos están convencidos de que fueron los del Pozo, les entregaré el antídoto a tiempo para evitarles un tormento peor que la muerte. ¿Qué les parece?
Ambos asintieron con desesperación.
—¡Sí, sí, sí, claro!
Ledo se marchó, dejándolos solos.
Los dos hombres se limpiaron el sudor frío de la frente, respirando con agitación.
¡Casi se mueren del susto! ¡Ese chiquillo era un monstruo!
—¿No te parece rarísimo? —susurró uno de ellos—. Se supone que está del lado de los del Pozo. ¿Por qué quiere arruinarlos? Si hacemos que ese rumor se esparza, ¡los Dorado no dejarán piedra sobre piedra! ¡Los está mandando al matadero!
—¿Tú crees que tal vez nos equivocamos y en realidad él no está aliado con ellos?
—O a lo mejor hay otra razón. Quizás se opone al matrimonio y no quiere que su hermana se case con Mateo del Pozo. Como no puede tomar la decisión él mismo, ¡quiere arruinarlos! Si esa familia cae en desgracia, tal vez la chica ya no quiera saber nada del heredero.
El otro asintió.
—Es muy probable. Pero ya no importa, ¡tenemos que pensar en cómo armar el chisme!
Aterrados por la idea de retorcerse de dolor como Jerónimo, no perdieron el tiempo. Mientras uno contactaba a los medios de comunicación de La Selva para filtrar la noticia, el otro telefoneaba a Hugo Dorado, sollozando histéricamente:
—¡Don Hugo, salve a nuestro Patrón! ¡Los de la Familia del Pozo lo secuestraron, buaaaaah!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
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