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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4005

El confidente apretó los dientes y tuvo que aguantarse.

Tanto él como Quince Dorado se mantenían medio paso detrás del Patriarca, fulminando a Tesoro con la mirada.

El Patriarca Dorado, observando a Tesoro, dijo con voz fría:

—Ya que dices que tus padres te enseñaron a ser honesta, entonces dime: ¿fuiste tú quien envenenó a Jerónimo Dorado?

Eric Enríquez y todos los de la Familia del Pozo fruncieron el ceño simultáneamente y miraron a la joven.

Antes de que alguien más pudiera abrir la boca, Tesoro admitió con total desparpajo: —Fui yo.

Todos: —¡!

El Patriarca Dorado frunció aún más el ceño. —¿Acaso no sabes las consecuencias del veneno que le diste?

Tesoro respondió sin inmutarse: —Claro que las sé, se retorcerá de dolor, sentirá que le arrancan el corazón y deseará morirse cuanto antes.

El Patriarca Dorado bajó el tono de voz, impregnándolo de frialdad:

—Me refiero a si estás al tanto de las consecuencias que tú misma vas a enfrentar por haberlo envenenado.

Tesoro ladeó la cabeza. —¿Estás intentando amenazarme?

El Patriarca no desvió su penetrante mirada, cargada de advertencias.

Pero Tesoro no se acobardó en absoluto; con un tono de total normalidad, replicó:

—Será mejor que no me hagas enojar, o también te daré a ti ese veneno para que sepas lo que es sentir picazón por todo el cuerpo.

Sin darle tiempo al Patriarca de reaccionar, Tesoro dio un paso largo hacia adelante y, fingiendo un ataque con las manos, gritó: —¡Buh!

¡Los tres hombres de la Familia Dorado retrocedieron más de tres metros por instinto!

Por el pánico de retroceder tan rápido, el confidente se tropezó y cayó al suelo. ¡Apenas se levantó, salió corriendo hacia atrás hasta detenerse a más de diez metros de distancia!

Tesoro soltó una carcajada. —¡Gallinas!

Los del Pozo no aguantaron más y estallaron en risas, cada vez más fuertes.

Mateo y Eric miraron a Tesoro con dulzura; la escena les había parecido adorable.

El confidente, al escuchar las carcajadas, volteó a mirar y notó que todos tenían los ojos puestos en él.

El Patriarca Dorado y Quince se dieron cuenta de que una simple chiquilla los había dejado en ridículo. Hirviendo de rabia, le gritaron al subordinado:

—¡Regresa aquí ahora mismo, idiota! ¡Qué humillación!

El confidente se rascó la nuca avergonzado y, todavía temblando, volvió trotando.

Se sentía muy ofendido; no se le podía culpar por una reacción tan exagerada. Ese veneno era espeluznante, algo mucho más aterrador que la misma muerte.

Además, ellos también habían saltado hacia atrás; en ese aspecto, todos habían sido iguales.

Pero jamás se atrevería a decir esas palabras en voz alta; al fin y al cabo, ellos eran los jefes y él solo un empleado.

Al acercarse, se disculpó: —Lo siento, Patriarca, reaccioné exageradamente.

El Patriarca lo aniquiló con la mirada antes de volver a dirigirse a Tesoro.

—No vine a buscar pelea contigo hoy, vine a pedirte el antídoto, yo...

Tesoro lo interrumpió de tajo: —¿Entonces viniste a rogarme un favor?

Esa palabra "rogar" molestó muchísimo al Patriarca, pero en ese momento él también temía ser envenenado por accidente. Siendo sincero, ni él mismo sabía si sería capaz de defenderse de las habilidades de aquella niña.

¡No valía la pena arriesgarse!

Así que, aceptando a medias sus palabras, trató de suavizarlo.

—Para ser más exactos, vengo a negociar un acuerdo.

Tesoro insistió:

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