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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3802

Una vez que dieron sus instrucciones, los policías abandonaron la habitación.

Tan pronto como salieron, el doctor se escabulló adentro y preguntó alarmado:

—¿Qué les dijiste a los policías?

Cristina respondió con otra pregunta:

—¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué vino la policía?

—¡No tengo idea! —se excusó el médico—. Primero llegó un montón de periodistas. Apenas me vieron, me bombardearon a preguntas: que si estabas aquí, que si tus padres te habían maltratado. ¡Y luego llegó la policía! ¡Allá afuera es un caos! ¿Acaso fueron tus amigos los que armaron este teatro?

—Claro que no, ¡confío en ellos!

—¿Entonces quién fue? Solo nosotros lo sabíamos.

Cristina frunció el ceño, angustiada.

—No lo sé. ¿Y tú qué le dijiste a la policía?

—Yo no inventé nada, te lo juro. Solo les repetí la historia que me pediste que dijera.

Cristina se masajeó las sienes.

—¿O sea que ahora mis padres son los principales sospechosos?

El doctor asintió.

—Con esa historia, obviamente ellos son los principales acusados.

Cristina apretó los labios, sin saber qué hacer.

—Estas heridas no te las hicieron tus padres, ¿verdad? —preguntó el doctor, escudriñándola—. ¿Qué pasó realmente?

Cristina no respondió. Levantó la mirada y le lanzó una advertencia glacial:

—Si quieres mantenerte al margen, cierra la boca. Ya sabes cómo protegen a los menores en La Selva. Con solo un par de palabras mías, podrías terminar en la cárcel.

El doctor abrió los ojos como platos.

—Tú...

—Mientras mantengas la boca cerrada, no te causaré problemas y ambos estaremos en paz.

El médico la miró con recelo, analizando sus facciones. Jamás imaginó que una niña de trece años pudiera ser tan retorcida y calculadora.

—Solo soy un médico común y corriente. No quiero problemas, así que espero que no me metas en uno.

Cristina asintió, luciendo repentinamente dócil.

—Un placer hacer negocios. Ahora dime, ¿cómo están las cosas afuera?

—Pinta mal —dijo el doctor con el ceño fruncido—. La policía también trajo a tus padres. Ellos creen que la Familia del Pozo te atacó y les están echando la culpa para incriminarlos.

—Antes de que despertaras, se la pasaron dando lástima a los periodistas. Ahora toda la calle está llena de rumores horribles sobre los del Pozo.

—Sin embargo, si tú señalaste a tus padres, todo va a dar un giro de ciento ochenta grados. Los que se hacían las víctimas pasarán a ser los verdugos.

Cristina volvió a frotarse la frente.

—¿Tienes algún periódico reciente? Quiero verlo.

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