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Sorda a tus Mentiras romance Capítulo 2

Hasta esta noche. Fue la primera vez que vio una emoción tan genuina y viva en sus ojos.

Resultaba que él también podía ser así de expresivo.

¿Acaso Julián se había casado con ella solo porque...?

—Señorita Valdés, ¿la sordera de su oído izquierdo es de nacimiento?

El médico observó a la hermosa mujer en la camilla, cubierta de hollín y evidentemente asustada, y le habló con tono de preocupación.

Ximena volvió a la realidad. Bajó la mirada y contestó:

—Tuve un accidente automovilístico hace unos años.

En aquel accidente, ella había salvado a Julián; se había convertido en la mujer a la que le debía la vida.

Pero a cambio, había arruinado la carrera que tanto amaba.

La pérdida de audición en su oído izquierdo y los repentinos zumbidos le impedían volver a trabajar en la exigente profesión de interpretación simultánea.

Le dolía, por supuesto, pero no se arrepentía ni guardaba resentimiento.

Salvar una vida había sido instintivo para ella.

Aun si volviera el tiempo atrás, antes de que su cerebro pudiera evaluar las consecuencias, su cuerpo volvería a empujarlo para salvarlo sin dudarlo.

El médico suspiró, sintiendo lástima.

—Ya veo...

La mujer frente a él era desmesuradamente atractiva. Su piel blanca contrastaba con su largo cabello negro, tenía una mirada clara, una nariz perfilada y labios carnosos.

Aunque solo estaba ahí recostada, con sus ropas sencillas y sin maquillaje, desprendía un aura elegante que impedía apartar la mirada.

Era cierto eso de que, cuando la vida te da algo bueno, por otro lado te lo cobra.

—Señorita Valdés, ya tenemos los resultados. Por suerte no tiene daño pulmonar, pero las heridas externas son graves y presenta una conmoción cerebral leve...

—¿Y su familia? ¿Aún no llega nadie?

Ximena se quedó en silencio un momento antes de responder:

—Gracias, doctor. Los llamaré ahorita mismo.

Tomó su celular; la pantalla hecha añicos apenas emitía una débil luz.

El registro de llamadas entrantes estaba vacío.

Ya habían pasado tres horas desde que le marcó a Julián más de diez veces, y él seguía sin devolverle la llamada.

Los matones sacaron unos documentos y se acercaron cama por cama.

—Solo firmen esto y los quinientos mil son suyos.

Al escuchar medio millón, a más de uno le brillaron los ojos. Tras verificar que los cheques eran auténticos, firmaron gustosos y sin pensarlo dos veces.

Pero otro paciente exclamó furioso:

—¿Esa señorita Jurado es la misma mujer prepotente que se le estaba poniendo al brinco a la policía hace rato? ¿Cree que con medio millón nos va a callar la boca? ¡Ni lo sueñen! ¡Esa tipa debería estar en la cárcel!

Al escuchar eso, el líder de traje soltó una carcajada burlona y dijo con desdén:

—Puede que no conozcan a la señorita Jurado, pero supongo que han escuchado hablar del señor Páez, ¿o me equivoco?

Ximena, que estaba en la cama del rincón, se tensó al escuchar ese nombre justo en el momento en que le ponían un cheque en las manos.

Bajó la mirada hacia el nombre de la cuenta emisora en el papel. Apretó el puño con tanta fuerza que sus nudillos perdieron color.

Era la cuenta de Julián.

La voz del hombre siguió resonando, esta vez como una amenaza descarada:

—La señorita Jurado es la esposa del señor Páez. Él la adora más que a su propia vida, ¡así que no son personas con las que les convenga meterse! Les sugiero que firmen, agarren su dinero y no le busquen tres pies al gato.

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