Al ver lo tranquilo, casi apático, que estaba Julián, Ximena sintió una punzada en el corazón.
¿Le acababa de dar una cachetada y a él le daba igual?
¿No le importaba en lo absoluto lo que ella le hiciera?
Julián extendió la mano hacia ella. Ximena quiso apartarlo, pero él la sujetó de la muñeca.
—Vaya que pegas fuerte.
Con un leve jalón, la acercó hacia él y le puso su mano cálida sobre la frente.
—¿Segura que no te sientes mal?
Su voz era grave y tierna, como si estuviera consolando a una niña chiquita.
Ximena cerró los ojos por inercia e inhaló profundo.
Un aroma empalagoso le llenó la nariz de golpe; era un perfume de mujer, de los más caros.
En su mente volvió a proyectarse la imagen de Julián cargando a aquella mujer; el recuerdo era tan nítido que lastimaba.
Sintió que le faltaba el aire y le apartó las manos de un empujón.
—¡No me toques!
Había puesto toda su fuerza en el rechazo, y su tono seco dejaba en claro que no estaba jugando.
Sin embargo, Julián no percibió las ganas de llorar que ella reprimía y soltó una risita:
—Qué mala eres.
Le sirvió un vaso de agua tibia y se lo acercó:
—El congreso de la empresa aún no termina, estaré ocupado unos días más. ¿No tenías ganas de ir a la playa? En cuanto me desocupe, te llevo.
Ximena ni siquiera volteó a ver el vaso. Se quedó inmóvil, observando al hombre al borde de la cama.
—Julián, ¿no tienes nada que decirme?
Las cortinas seguían cerradas, por lo que la penumbra ocultaba sus pestañas temblorosas y su expresión herida.
Hasta el más distraído se habría dado cuenta de que algo andaba mal, y Julián no fue la excepción.
Al acordarse de las diez llamadas perdidas, borró su sonrisa. Su tono se volvió serio y calmado, lleno de aparente sinceridad:
—Xime, no fue mi intención ignorar tus llamadas anoche. Me surgió un imprevisto urgente y no podía desocuparme.
Se notaba un ligero tono de culpa en su voz.
—¡Te llama la jefa más chingona del mundo! ¡Contesta ya!
La voz femenina, mimada y algo desafinada, era evidentemente un audio grabado en exclusiva para él.
A Ximena se le descompuso la cara y apretó los puños al instante.
Julián se quedó pasmado un segundo por lo repentino, pero deslizó el dedo en la pantalla para contestar.
La mujer al otro lado de la línea empezó a sollozar y hacer berrinche de inmediato. Aunque no estaba en altavoz, el volumen de su queja lastimera alcanzó a llegar hasta los oídos de Ximena:
—¡Julián! ¡¿Qué hago?! ¡La policía me está buscando otra vez, me quieren fregar!
Como un acto reflejo, Julián se dio la vuelta para darle la espalda a Ximena. Su voz se volvió puro consuelo:
—Tranquila, no te desesperes. ¿Ya entregaron el dinero de la indemnización como te pedí?
—¡Buaa, sí, hice lo que me dijiste! Anoche mismo fuimos a darles el dinero a todos para pedir perdón, ¡pero hubo una vieja aferrada que no quiso agarrar la onda! ¡Segurito que medio millón se le hizo poco y me quiere extorsionar! ¡Qué gente tan mala!
—No tengas miedo —dijo Julián con voz firme y serena, transmitiendo una seguridad absoluta—. Déjamelo a mí, yo me encargo de arreglarlo...
Ximena observó su amplia espalda, viéndolo hablar con esa ternura y asumiendo la responsabilidad del problema sin dudarlo. Verlo en su faceta protectora resolviendo enredos ajenos le provocó una punzada de dolor insoportable en el pecho.
Y de repente, de una manera extraña, sintió curiosidad por saber cómo planeaba arreglarlo.

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