El resplandor del fuego teñía de rojo la noche y densas columnas de humo negro se arremolinaban en el aire.
Subieron a Ximena Valdés a la ambulancia. Jadeaba con fuerza, sintiendo un ardor insoportable en el pecho.
Reunió todas sus fuerzas para presionar el celular con la pantalla estrellada contra su oreja, temblando.
El tono de llamada sonaba incesante...
Una y otra vez...
Nadie contestó.
El miedo a la muerte y el dolor agudo que le recorría todo el cuerpo la hacían temblar sin control.
Al instante siguiente, se escuchó una voz masculina, suave y familiar:
—No tengas miedo, ya estoy aquí.
Pero no provenía del celular, sino...
A través de la multitud caótica de curiosos, bajo el destello urgente de las luces de las patrullas en la noche, la figura alta y esbelta del hombre se acercaba paso a paso.
Julián Páez seguramente venía directo de un evento. Su traje sastre oscuro, de alta costura, desprendía un aire imponente y distante que desentonaba por completo con el bullicio del lugar.
Era un hombre muy atractivo. Su mirada, que por lo general se mantenía fría y reservada, ahora estaba fija; por primera vez, se le veía verdaderamente tenso.
Los nervios de Ximena, que habían estado al límite, por fin cedieron de golpe al ver a Julián.
El terror de haber estado a punto de morir en el incendio y el resentimiento acumulado brotaron en forma de lágrimas.
En ese justo momento, el paramédico le preguntó:
—¿Logró contactar a su familia?
—Sí, mi marido...
Ximena apenas había empezado a hablar cuando la voz aguda de una mujer resonó de repente.
—¡Julián, por fin llegas! ¡Todos me están tratando re mal!
La mujer corrió a lanzarse a los brazos del hombre. Llevaba una sudadera holgada, de corte unisex, que dejaba al descubierto uno de sus hombros blancos.
Infló las mejillas, haciendo un berrinche, y le dio un golpecito a Julián. Parecía molesta, pero su voz sonaba excesivamente mimada:
—¡Oye! Julián, ¿acaso no somos amigos? ¿Por qué llegas hasta ahorita? ¡Casi me comen viva!
La mirada de Julián se posó en ella y, al confirmar que estaba ilesa, su ceño se relajó.
Se quitó el saco para cubrir los hombros de la chica y sonrió de medio lado, con un evidente tono de indulgencia:
—Conmigo aquí, nadie se atreverá a molestarte.
En el instante en que las puertas de la ambulancia se cerraron, Julián giró la cabeza justo en la dirección que le señalaba su asistente, Martín Chávez.
¡Pum!
Las puertas se cerraron de golpe, bloqueando su vista.
Se hizo un silencio ensordecedor en la mente de Ximena.
¿Qué relación tenía Julián con esa mujer que había provocado el incendio?
Acostada en la camilla del hospital, Ximena no dejaba de reproducir en su cabeza la imagen de Julián abrazando a esa desconocida.
La mirada con la que él la veía era tan suave y luminosa; un favoritismo y un cariño descarados...
En sus tres años de matrimonio, Julián siempre había sido un esposo considerado, atento a cada detalle y procurando que nada le faltara.
Desde que se casaron, nunca dejó que ella hiciera ni una sola tarea del hogar. Como a ella no le gustaba tener sirvientas en casa, él mismo se encargaba de todo.
En lo económico, siempre temía que ella sintiera que le faltaba algo. Lo pidiera o no, su vestidor siempre estaba lleno de bolsos y accesorios de la última temporada, y sus tarjetas negras no tenían límite de crédito.
Pero mientras más intachable era él, más inalcanzable lo sentía Ximena en su corazón.
Era demasiado perfecto, tan perfecto que parecía estar en una obra meticulosamente ensayada, limitándose a interpretar con seriedad su papel de marido ideal.

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