Los guardias, sin pensarlo dos veces, arrastraron los cuerpos muy lejos de aquí.
Cipriano le entregó la daga a uno de sus hombres, sin verlo.
Sus ojos estaban fijos en mí, recorriendo cada detalle de mi cuerpo. Mis piernas estaban algo descubiertas por el vestido que se me había subido hasta los muslos. Mi cuello, palpitando. Aún podía sentir las manos de Lorenzo sobre mí. Y mi rostro… Debía ser un verdadero desastre. El dolor en mis mejillas no se iba, pero eso era hasta insignificante si lo comparaba con el dolor de cabeza.
De pronto, mi visión se nubló y el ruido del mundo desapareció. Todo dio vuelta, todo estaba borroso.
—No te desmayes —La voz de Cipriano era exigente, trayéndome de regreso a la realidad. Apenas.
Estaba arrodillado sobre una rodilla, una de sus manos tomando mi mentón, obligándome a enfrentar aquellos ojos dorados. Los párpados me pesaban, pero por alguna razón, resistí.
Tragué saliva, sin poder formar una oración sin que mi labio inferior temblara.
—Esto es exactamente de lo que hablaba. Este mundo te parte en dos sin pensarlo. Solo mírate… No perteneces aquí —Sus palabras eran duras, pero contrarrestaban con sus acciones. Su pulgar rozó mi labio inferior, tembloroso y agrietado.
El olor metálico de la sangre me golpeó de repente.
—Pero tú viniste. Viniste a buscarme —No fui consciente del dolor en mi mandíbula hasta que hablé—. Eso significa que… yo gané.
Y eso significaba, que tal vez la noche que compartimos no fue tan insignificante para él como lo hizo parecer.
Enarcó una ceja, como si mi respuesta lo hubiera tomado desprevenido.
¿Qué esperaba? ¿Qué le diera la razón? No, eso jamás.
—¡¿Quienes son ustedes y por qué no me dejan pasar?! ¡¿Dónde está el señor Lorenzo?! —Una voz femenina llegó a mis oídos. Chillona, insoportable y causando que el vello de mis brazos se erizara—. ¡Les exijo que me dejen pasar!
Era ella.
Era Silvia.
Reconocería su voz en cualquier lugar. La de ella, la de su padre y su hermano mayor.
No, no podía permitirme ser descubierta.
Me estremecí, sintiendo el peligro acercarse. Mi cuerpo se movió por sí solo, el dolor en las costillas atravesandome, haciéndome apretar los dientes. Pero tenía que ignorarlo si quería salir de aquí con vida.
Con dificultad, me puse de pie, pero no llegué a dar un paso. Las manos de Cipriano se cerraron con firmeza alrededor de mis hombros, inmovilizándome contra la pared.
—Ten cuidado, mi pequeña Cucciola. Estás muy lastimada para salir huyendo —Su voz era baja, peligrosa—. ¿La conoces?
Agrandé los ojos, viéndolo fijamente, incrédula.
Aquellos dos pozos dorados se enfriaron, analizándome. Él se había dado cuenta solo con observarme… Me leyó como un libro abierto.
Por un segundo y a pesar de la sangrienta escena a nuestro alrededor, se me olvidó que este hombre era un mafioso tan atractivo como letal.
—Este vestido… es suyo —jadeé, considerando que mi mejor opción era decir la verdad. No toda, pero sí una pequeña parte—. Me van a matar por robarlo. No puedo dejar que me vea.
Él se quedó en silencio, como si estuviera saboreando mis palabras. Solo con ver su expresión podía deducir lo difícil que sería engañar a este hombre.
Miró a los guardias y estos parecieron entender lo que significaba, porque sin cruzar palabra, salieron de la sala de descanso, cerrando la puerta detrás de ellos.
Cómo si nada, Cipriano sacó una navaja de bolsillo.
¿Cuántas armas podría traer una persona encima?
—¿Qué… qué haces? —Deseé fundirme con la pared.
No respondió, simplemente realizó dos cortes expertos en los tirantes del vestido, para terminar rasgando el costado. La tela cedió con facilidad y no hubo mucho que pudiera hacer en el momento que cayó a mis pies. Arruinó por completo el vestido de Silvia.
—¿Te has vuelto loco? —Instintivamente, me cubrí las tetas con las manos, el calor subiendo por mi cuello. No tenía más que unas bragas.
—Silencio —ordenó con brusquedad. Me obligué a mí misma a recordar que era un hombre acostumbrado a que se cumpliera su voluntad, a la fuerza de ser necesario.
Se quitó el saco y lo colocó alrededor de mis hombros, cubriendo mi cuerpo. Su aroma amaderado y masculino me envolvió, embriagando mis sentidos. Pero rápidamente salí de ese estado al sentir como una de sus manos pasaba por mi espalda y la otra por la parte posterior de mis muslos. Y de un solo movimiento, me levantó, estrechándome contra su pecho.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo al hombre más peligroso de Italia