Entrar Via

Seduciendo al hombre más peligroso de Italia romance Capítulo 4

Bajo la vista de todos los presentes, me llevó a una habitación privada. Una oficina. Me colocó contra el escritorio, su altura mostrándose imponente ante mí. Vine aquí con un objetivo claro, pero mi lengua pareció olvidar como funcionaba.

Sin mediar palabra, sus manos fueron al cierre de mi vestido, bajándolo con una determinación absoluta.

—¿Qué… qué crees qué haces? —dije con dificultad, tomándome desprevenida.

—¿Dónde te tocó ese infeliz? —preguntó, con su mandíbula apretada, tirando del vestido con fuerza, exponiendo mis tetas. Un jadeo de vergüenza abandonó mi garganta.

Sostuve el vestido con fuerza, antes de que lo siguiera bajando y revelara los moretones de mis costillas. A ningún hombre le gustaban las mujeres con aspecto demacrado.

—Él no me tocó. No tuvo chance, tú llegaste… —Mi mente volvió a la escena sangrienta, a la rapidez y seguridad con la que actuó, enterrándole la daga en la mano a aquel pervertido.

Sus ojos cobrizos fueron a mis tetas, viéndolas detenidamente. Era la misma mirada con la que me devoró anoche. Mi sangre comenzó a hervir y no fue precisamente de rabia. Sus dedos rozaron la marca que dejaron sus dientes.

—Eso me lo hiciste tú —añadí, en voz baja, tragando saliva con dificultad.

—Sé que es mía, reconozco mi propia marca —Su mano viajó a mi mentón, aprisionándome con sus dedos, obligándome a mirarlo—. Pero no te desvies del tema. ¿Qué haces en un lugar como este? ¿Sabes el peligro por el que acabas de pasar y lo mal que pudo terminar si yo no hubiera estado ahí para ayudarte? ¿Tanto te gusta jugar con fuego que vienes a quemarte a mi casa?

La presión de sus dedos era firme, casi dolorosa. Por un segundo, mi mente divagó ante esos ojos severos y enfurecidos. ¿Estaba preocupado por mí? ¿Después de haber dicho que lo olvidará y que lo ocurrido entre nosotros no fue más que un error?

—Pensé que eras una inocente atrapada en un mal momento, pero quizás me equivoqué. Quizás eres una mentirosa muy buena o una estúpida con deseos de morir —añadió, sacándome de mi ensoñación.

—No soy ninguna mentirosa, ni una estúpida —dije, respirando profundo, tomando coraje para decir las palabras que tanto ensayé—: Vine aquí por ti.

Enarcó una ceja, curioso.

—¿Por mí? ¿Y qué podría querer una pequeña ratoncita de mí? O, ¿acaso vienes a reclamar por los servicios prestados anoche? —Su sarcasmo me atravesó como una daga.

Quería provocarme, recordarme mi lugar, pero yo no podía caer en su trampa. Estaba aquí con un objetivo claro: hacer justicia.

—Vine a buscarte porque quiero estar a tu lado —dije con determinación, apretando los puños—. Cómo tu amante.

Nunca pensé decirle algo semejante a alguien en mi vida. ¿Yo, Evangeline Russell, amante de un hombre? Es más, ¿Amante de un hombre de tal categoría como lo era Cipriano Grimaldi?

Jamás.

Y aún así, aquí estaba, entregándome a mí misma para vengar a mi familia.

El silencio fue tan denso que me costaba respirar. Estarle pidiendo algo semejante a un hombre, con mis tetas al aire, era demasiado vergonzoso, pero no podía echarme para atrás.

—¿Mi amante? —repitió, como si la palabra fuera absurda. Sus dedos abandonaron mi mentón, dejando una marca de calidez a su paso. En su lugar, tomó mi cuello como su prisionero. Un jadeo escapó de mis labios, no por temor, sino por expectación. Porque tenía que reconocer, que cuando esas manos crueles estuvieron sobre mi cuerpo, lo último que hicieron fue lastimarme. Su otra mano atrapó mi muslo, expuesto por la abertura del vestido—. Con solo mirarte se ve que eres demasiado inocente. Demasiado… dulce. Tu piel huele a jabón barato, no a pólvora y sangre. No perteneces a este mundo.

Apreté los dientes, sintiendo el peso de su rechazo.

—No te estoy pidiendo que me entrenes para ser una mafiosa, solo te ofrezco mi compañía. O, ¿Le pides el currículum de crímenes a las mujeres antes de convertirlas en tus amantes?

Una pequeña sonrisa adornó sus labios, pero no llegó a sus ojos, ensombrecidos por algo que iba más allá de mi entendimiento.

—Mis amantes son mujeres que saben lo que es pelear por lo suyo. Qué no se derrumban ante un idiota ebrio. Mujeres que entienden el precio de pertenecer a una dinastía bañada en sangre —susurró, el vello de mi cuerpo se erizó—. Tú… tú te ves frágil, rompible. No sobrevivirías una semana en mi mundo.

Sus palabras ardieron bajo mi piel.

Capítulo 4: No perteneces a mi mundo 1

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo al hombre más peligroso de Italia