Valentina abrió lentamente los ojos. Poco a poco su vista se aclaró hasta darse cuenta de que estaba en la recámara. No entendía cómo había llegado hasta ahí.
Se incorporó y notó que llevaba puesto un camisón de seda oscura.
—¿Dormiste bien? —preguntó Alexander, haciendo que levantara la mirada.
Él salió del vestidor mientras terminaba de ajustarse las mangas de su saco oscuro.
—¿Tú me trajiste? —preguntó Valentina con una leve sonrisa.
Alexander arqueó una ceja. Era evidente que él se había encargado de llevarla hasta la recámara e incluso de vestirla. Después de la noche que habían tenido, Valentina había terminado hecha un desastre y Alexander no permitiría que nadie más la viera así.
— Por supuesto, soy el único que podía hacerlo, después de como quedaste — Respondió él, caminando hacia ella.
Alexander se sentó en el borde de la cama y rozó sus labios con la yema de los dedos.
—¿Te gustó nuestra primera cita? —preguntó en voz baja.
El rostro de Valentina volvió a arder al recordar todo lo que había ocurrido la noche anterior. La cena, el regalo, la película… aunque de la película apenas recordaba la trama. Había estado demasiado concentrada en coger con Alexander como para prestar atención.
Simplemente había sido perfecto.
—Me encantó —respondió—. Quiero más citas así…
Alexander asintió y se inclinó para darle un tierno beso en los labios.
—Me encargaré de que cada cita sea mejor —susurró cerca de sus labios.
Valentina suspiró. Esa forma tan tierna en la que Alexander la trataba hacía que se sintiera cada vez más cerca de él. Había algo nuevo creciendo dentro de ella, un sentimiento que todavía no sabía cómo nombrar y que, aunque la asustaba un poco, también le gustaba demasiado.
—¿Vas a salir? —preguntó Valentina al notar que llevaba un traje ejecutivo hecho a la medida.
—Sí. Tengo algunas reuniones que debo atender en la oficina —respondió Alexander.
—Ya sabes que, si es alguna mujer, tu asistente debe estar presente —advirtió de inmediato, frunciendo ligeramente el ceño.
Alexander soltó una risa baja y asintió ante su advertencia.
—Lo que usted diga, señora Hart —respondió antes de inclinarse para darle otro beso en los labios.
—Alexander… —susurró Valentina—. Anoche dijiste que te gusto, ¿cierto?
Alexander asintió. Lo había dicho y no se arrepentía de haberlo confesado.
—¿Y sabes lo que significa? —preguntó ella nuevamente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....