Alexander observaba a Valentina dormir profundamente. Faltaban un par de horas para que amaneciera y la noche había sido larga e intensa. Ella había estado más entregada y salvaje que de costumbre, teniéndolo fuera de control mientras se movía encima de él.
—Alexander… —susurró entre sueños.
Él sonrió y se inclinó para darle un tierno beso en los labios.
—Carajo… siento que moriría si me traicionaras —susurró para sí mientras seguía observándola.
Se acomodó sobre los cojines, intentando conciliar el sueño. Había dado instrucciones a Lucía y Saúl para que todo el personal llegara después del mediodía. Sabía perfectamente lo que podía pasar durante la noche y no quería que nadie viera a su esposa salir de la sala de estar con aquel vestido rojo… o lo poco que quedaba de él.
Después de varios minutos, Valentina abrió lentamente los ojos y centró su mirada en Alexander. Seguía dormido a su lado, pero ella ya no podía volver a cerrar los ojos.
Había escuchado perfectamente lo que había dicho.
Que moriría si ella lo traicionaba.
Valentina frunció ligeramente el ceño. ¿Por qué había dicho algo así? Hasta ese momento, Alexander solo le había confesado que le gustaba, pero aquellas palabras parecían tener un peso diferente. Una traición no debería importarle tanto a alguien que apenas estaba empezando a acercarse de esa manera.
Lo observó en silencio, tratando de entender qué había detrás de aquella reacción. Quizá Alexander sentía mucho más de lo que estaba dispuesto a decirle. Y esa posibilidad hizo que la duda se quedara en su cabeza.
Se acercó un poco más a él y apoyó la cabeza sobre su pecho. Cerró los ojos lentamente, dejando que el cansancio volviera a apoderarse de ella.
Pero había algo que ya tenía claro.
No quería traicionar a Alexander.
…
Anthony Solís se estacionó a las afueras de la ciudad. Apenas apagó el motor, otro vehículo negro se detuvo frente a él. De su interior bajaron varios hombres de aspecto intimidante, con tatuajes que cubrían parte de sus rostros y cuellos. Sin perder tiempo, caminaron directamente hacia su coche.
Anthony salió del vehículo y cerró la puerta.
—Mentiste. Valentina Luna no estaba en el centro comercial —dijo uno de los hombres.
—Claro que estaba. Yo estuve ahí y hablé con ella —respondió Anthony, molesto.
—Entonces, ¿qué pasó? —preguntó otro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....