Alexander estaba en su estudio. Saúl y Lucía permanecían de pie frente a su escritorio, esperando sus instrucciones, aunque él parecía más concentrado en su teléfono.
—Perfecto —murmuró al ver que Valentina ya no respondía después de su petición.
Dejó el teléfono a un lado y levantó la mirada hacia sus dos empleados.
—Nana, quiero una cena especial. Prepara algo que vaya de acuerdo con los gustos de Valentina y ten mucho cuidado con sus alergias —indicó Alexander mirando a Lucía.
—Por supuesto. Me encargaré de todo y tendré mucho cuidado con las alergias de ambos —respondió Lucía.
Aunque Alexander estaba más pendiente de que todo saliera perfecto para Valentina, Lucía tampoco pensaba descuidar los gustos de su jefe.
—Saúl, quiero que la sala de estar quede preparada para una cena romántica, pero cómoda. También quiero un ramo de rosas, tal vez…
—Rojas, señor. Me encargaré —respondió Saúl con una sonrisa.
Alexander asintió y sonrió. Sabía que podía confiar completamente en ellos. Ambos habían estado a su lado desde que era niño, especialmente Lucía, quien prácticamente lo había cuidado durante toda su infancia.
—Velas, no… Bueno, quiero luces bajas. Algo romántico en la sala de estar —dijo, pensando en lo que quería—. Carajo, nunca había hecho algo así…
—Tranquilo, Alexander —dijo Lucía, dejando de lado las formalidades—. Déjanos encargarnos. Solo dime, ¿qué tan romántico quieres que sea?
Alexander se quedó mirándola unos segundos, pensando en cómo responder.
—Bueno… quiero decirle que me gusta —respondió con cierto titubeo, un poco avergonzado.
Lucía y Saúl intercambiaron una sonrisa. Habían estado cerca de los Hart durante años y habían sido testigos del cambio que había ocurrido entre Alexander y Valentina en muy poco tiempo.
Para ambos era una alegría verlo así, porque Alexander era alguien muy importante para ellos. Aunque sabían que Valentina había hecho sufrir al joven señor Hart, también entendían que las cosas no habían sido tan sencillas y que ella no había sido la única responsable de todo lo ocurrido.
—Gracias —dijo Alexander con sinceridad.
Lucía y Saúl hicieron una reverencia antes de salir del estudio.
Alexander abrió su laptop y buscó una joyería en línea. Quería comprarle un regalo para esa noche, pero después de lo ocurrido esa tarde no pensaba salir de la mansión.
Comenzó a revisar las opciones disponibles. Tal vez sería mejor elegir algo que no fuera un collar. Hacía poco le había regalado el Corazón Diamante y, para Valentina, aquel todavía era algo que debía devolverle cuando él encontrara al amor de su vida.
—Tan ingenua y tierna… —murmuró con una sonrisa—. Espero que pronto llegue el momento de confesarte que eres mi único amor, Valentina.
….
Valentina estaba en el jacuzzi, tomando un baño relajante mientras se preparaba para esa noche. Quería verse más hermosa para Alexander. Habían planeado una cena romántica fuera de la mansión, pero entendía que después de lo ocurrido él prefiriera no arriesgarse a salir.
—¿Debería usar el Corazón Diamante? —susurró.
Entonces recordó que aquel collar era un préstamo y que debía devolverlo cuando Alexander encontrara al amor de su vida. Su sonrisa desapareció y sintió un nudo en la garganta al pensar en lo que pasaría si ese momento llegaba. No solo tendría que devolverle el Corazón Diamante, también tendría que alejarse de Alexander.
—No quiero… —susurró.
La idea de alejarse de Alexander comenzaba a asustarla. Ya no podía imaginarse simplemente devolviéndole el collar y siguiendo con su vida como si nada hubiera pasado.
—Tiene que enamorarse de mí… —murmuró—. Antes de que aparezca alguien capaz de quitármelo…


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....