Alexander esperaba en la entrada de la sala de estar. Había revisado todo varias veces, quería asegurarse de que la cena con Valentina fuera perfecta.
—Mierda… ¿Por qué estoy tan nervioso? —murmuró mientras acomodaba su corbata.
—Señor —dijo Saúl, acercándose con una caja de terciopelo azul marino—. Aquí está el regalo que pidió para la señora.
Alexander tomó la caja y sonrió al comprobar que había llegado justo a tiempo.
—Gracias. Pueden retirarse a descansar. — Dijo, sin dejar de ver la caja.
Saúl hizo una reverencia antes de marcharse. Lucía también había terminado de preparar la cena y se había asegurado de dejar todo listo.
Alexander quería que aquella noche fueran únicamente ellos dos, sin empleados alrededor ni interrupciones.
…
Valentina caminaba por los pasillos de la mansión rumbo a la sala de estar. Sabía perfectamente dónde se encontraba, aunque desde que se había casado con Alexander casi nunca había utilizado ese lugar.
A medida que se acercaba, sus nervios aumentaban. No entendía por qué se sentía así. Entre ellos ya había habido sexo y mucho, y probablemente aquella noche terminaría de la misma manera. Sin embargo, había algo diferente. Por alguna razón, esta vez no podía evitar sentirse nerviosa ante la idea de estar a solas con Alexander.
Al llegar a la sala de estar, Valentina lo encontró de pie junto a la puerta, concentrado en la caja que sostenía entre las manos. Se veía jodidamente sexy con aquel traje negro hecho a la medida y la corbata roja, que claramente combinaba con el vestido que ella llevaba puesto.
—Alexander —dijo mientras se acercaba a él.
Alexander levantó la mirada y sus ojos recorrieron su cuerpo de pies a cabeza. La primera vez que la había visto con aquel vestido se le había puesto duro al instante, y ahora estaba teniendo exactamente la misma reacción.
—Te ves jodidamente hermosa, Valentina —dijo él con voz ronca.
Sus ojos bajaron directamente a sus tetas. El escote hacía que resaltaran perfectamente.
Valentina sintió que el rostro le ardía ante la mirada de Alexander y, sin poder evitarlo, cubrió sus tetas con las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó Alexander mientras daba un paso hacia ella.
—No sé… es que este vestido es demasiado atrevido, ¿no crees? —murmuró en voz baja, aunque lo suficiente para que él pudiera escucharla.
Alexander arqueó las cejas y se encogió de hombros.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....