Anthony recapacitó al notar su propia reacción y rápidamente se giró hacia los Montero, quienes esperaban una explicación.
Miranda estaba que hervía de rabia. Sabía que Valentina había hecho algo para provocar aquella reacción en Anthony, y eso solo hacía que la odiara aún más. Después de todo, se suponía que en ese momento ella era la prometida de Solís.
—Disculpen —dijo Anthony, avergonzado, mientras volvía a tomar asiento.
Alexander arqueó una ceja y dirigió la mirada hacia Valentina. Ella intentaba ocultar su sonrisa, pero él notó que había dejado las marcas de su cuello perfectamente visibles. Una sonrisa ladina apareció en el rostro de Alexander, aunque desapareció de inmediato al recordar que no estaban solos.
—Bueno, desayunemos primero y después hacemos el paseo —dijo Sofía.
Todos comenzaron a desayunar, aunque Anthony no podía probar bocado. Necesitaba una explicación de Valentina. Todavía no podía creer que Alexander le hubiera dicho la verdad la noche anterior, ni siquiera después de haber visto las marcas en el cuello de Valentina, que ella misma se había encargado de mostrarle.
….
Después del desayuno, las parejas fueron trasladadas en vehículos hasta los establos, donde el personal ya tenía preparados los caballos, uno para cada persona.
Valentina se quedó apartada, mordiéndose el labio inferior mientras observaba a los animales. Alexander notó su actitud y se acercó para saber qué sucedía.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Alexander... me duelen las caderas. Será difícil montar a caballo, no soportaré el dolor —murmuró nerviosa.
Alexander arqueó las cejas, todavía sin entender a qué se refería.
—En serio, esos lentes solo son de adorno. No eres nada inteligente —soltó Valentina, colocando las manos sobre su cintura.
—¿Me estás insultando? —preguntó Alexander, frunciendo ligeramente el ceño.
—Ay, de haber sabido que el paseo era a caballo, no debí excederme anoche —murmuró, soltando un suspiro frustrado.
Alexander sonrió al comprender finalmente a qué se refería Valentina. Ella estaba adolorida por la cogida de la noche anterior y, aunque intentó disimularlo, él lo había entendido perfectamente.
No pudo evitar que su ego se inflara un poco ante la evidente satisfacción de haber sido el responsable de que ahora ella tuviera dificultades para montar.
—Valentina, te prometo un masaje esta tarde —dijo Alexander en voz baja.
—¿Un masaje? ¿Sabes dar masajes? —preguntó ella, mirándolo con incredulidad.
Alexander solo asintió con una sonrisa orgullosa.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....