Valentina entró a la mansión con las mejillas ardiendo. Todavía le costaba asimilar lo del auto, pero lo del restaurante rebasaba cualquier límite: había cogido con Alexander en un lugar público, sin importarle el riesgo de que alguien los sorprendiera o los escuchara.
—Me encantó… —murmuró para sí misma, mordiéndose el labio.
Se llevó una mano al estómago; apenas había logrado probar bocado después de la intensidad de la cogida. Caminó directo a la cocina para pedirle a Lucía que le preparara algo.
Al llegar a la cocina, se llevó la sorpresa de encontrar a Daniel allí, sentado en una silla mientras comía un pastel de chocolate.
—Señora. —Dijo Lucía al verla.
Daniel se puso de pie de inmediato e hizo una pequeña reverencia.
—Hola, señora Hart. —Saludó con una leve sonrisa.
—¿Daniel, cierto? —Preguntó Valentina.
Daniel asintió con una sonrisa.
—¿Y qué haces aquí? —Preguntó ella con curiosidad, acercándose a ellos.
—Es mi sobrino. —Respondió Lucía con naturalidad.
—Señora, no regañe a mamá Lucía. Extrañaba su comida y, como tenía tiempo, quise aprovechar para venir a verla. —Dijo Daniel, señalando el pastel que tenía delante.
—Tranquilo, no le veo ningún problema... —Sonrió Valentina.
—Ay, carajo... Usted ya está aquí. Eso significa que mi jefecito ya debe estar por llegar a la oficina. —Dijo Daniel, cayendo en cuenta.
—Acaba de pasar a dejarme. —Comentó Valentina.
Daniel se terminó rápidamente el último bocado de su pastel.
—Gracias, mamá Lucía. Estuvo delicioso. —Dijo mientras se limpiaba con una servilleta.
Se giró para marcharse, pero Valentina se interpuso en su camino con una sonrisa.
—¿Qué sucede, señora? —Preguntó Daniel, poniéndose nervioso.
Valentina sacó su teléfono del bolso y se lo extendió.
—Anota tu número personal. —Ordenó con una sonrisa.
Daniel se quedó mirándola, confundido. No sabía para qué quería su número, pero algo tenía claro: si Alexander se enteraba de que le había dado su número personal a Valentina, probablemente no le haría ninguna gracia.
—Hazlo. Solo quiero saber cuándo Alexander está ocupado, cuándo está libre... y con quién pasa su tiempo. —Dijo Valentina, extendiéndole el teléfono— Especialmente si alguna mujer se aparece demasiado por su oficina.
Daniel la miró durante unos segundos.
— ¿También quiere que le mande un reporte con la hora exacta en que entra y sale del baño?
Lucía se acercó y le dio un golpe en la espalda.
—Lo siento, señora. —Murmuró Daniel.— Sabe que no quiero traicionar a mi jefecito...
—¿Traicionarlo? —Repitió Valentina, arqueando una ceja— Solo quiero que Alexander pase más tiempo conmigo que contigo.
Daniel arqueó las cejas. Aquello sonaba mucho más posesivo de lo que esperaba.
—Créame, yo soy el que menos tiempo quiere pasar con ese cuatro ojos maniático del trabajo. —Respondió Daniel en su defensa.
—Perfecto. Entonces empieza a liberar su agenda los fines de semana y procura que tampoco salga tan tarde entre semana. —Dijo Valentina con naturalidad.
Daniel la miró y sonrió. Y lo pensó, aquella alianza no parecía tan mala. Si conseguía que Alexander trabajara menos, él también tendría un poco más de tiempo para su propia vida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....